Ya tengo 62 años, lo que es muy bueno, porque me dice y transmite un mensaje de que aún sigo vivo. Entonces los míos han comenzado una jornada de celebraciones.
Es duro desde el punto de vista del entendimiento, hasta hace muy poco la edad de 60 años me parecía muy lejana y sobre todo una edad de viejos ya y ahora descubro que recién estoy empezando.
Los 60 años, al menos los míos que no he padecido de enfermedad crónica alguna y que me sigo quitando los catarros con agua, es ese momento donde tu cuerpo joven aún te comienza a decir que envejeces, si te extremas en lo físico, al día siguiente te duele este o el otro músculo, los golpes demoran más en dejar de doler, los ojos te comienzan a gritar que necesitas espejuelos, ya no puedes comer de madrugada, quizás la mejor comida del día, porque corres el riesgo de tener problemas estomacales, tus hijos te comienzan a decir frente a cualquier cosa, error olvido, es que te estás poniendo viejo, pero el cerebro, siempre y cuando lo hayas tenido bueno, aún se mueve rápido y seguro, comienzas a tomar decisiones más equilibradas, aprendes a escuchar más y sobre todo, logras ver las caídas de otros mucho antes de que se caigan e incluyo mucho antes de que ellos mismos la puedan ver. A los 60 años se comienza justificadamente a disfrutar el viejo refrán popular de que “más sabe el Diablo por viejo que por Diablo”.
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Mi cumple comenzó con una caminata. "Moscú no cree en lágrimas" |
62 es un poquito más que 60, entonces comienzo a
caminar sobre los récords y me place declarar que sigo sin padecer de los
nervios y quizás para contradecir la predicción de una vieja amiga, aún no he
caído en alguna de las religiones que existen. Sigo siendo mi propio Pastor.
Me sigue pareciendo mentira y con frecuencia cuando se
habla de la edad, cosa que los seres humanos no dejamos de hacer porque lo
disfrutamos, sobre todo la edad del otro, me hago la misma pregunta: ¿Cómo
llegué aquí?
Me parece mentira, el tiempo ha pasado muy rápido y
todavía tengo muchos planes no hechos o terminados.
Quizás sea el sentimiento de preservación, me miro en
un espejo, poco, pero me miro y aún me sigo viendo joven. Algunas canas que
adornan mi anterior casi negro cabello, alguna pérdida de ese cabello copioso
que tuve, algunas libras de más, quizás uno que otro ronquido y alguna manía o
costumbre, pero al final todas estas cosas las tienen personas desde muy jóvenes.
Sigo teniendo el consuelo que “nuestra linda, dulce y
buena Estrellita” es seis meses mayor que yo.
A mis 62 años gozo de buena salud, ahora mejorada por
la carne de res y mi cerebro funciona muy bien, tan bien que a veces me asusto y
trato de ralentizarlo, pues la rapidez, a veces, no es buena. Vivo contento,
porque descubro a mi alrededor la falta de ese órgano tan importante para una
buena vida humana.
Tengo problemas, los resuelvo con música, tengo más
problemas, los resuelvo con más música. Cuando parece que ellos me van a
vencer, pues me conecto con el rock fuerte y esa energía me calma.
Sigo teniendo lo que yo llamo una virtud y es la
capacidad de hablar. No me trago los problemas, no los dejo para mañana, mis
libras de más, que tampoco son tantas, no son debidas a tragar y tragar
problemas, insatisfacciones, incomprensiones, etc., ellas se deben todas, sobre
todo, a los panes y no a los peces.
Claro esa virtud la estoy aprendiendo a controlar.
Muchas personas no quieren escuchar, por lo que a veces para aconsejar a los
más lejanos, exijo que me lo pidan, si puede ser por escrito, aunque a los que
llamo míos los sigo aconsejando sin que me lo pidan. Muchas personas no quieren
escuchar la verdad o al menos una verdad y prefieren vivir dentro de sus burbujas
muy coloridas casi todas fabricadas en China.
Sigo siendo un hombre de short, tennis y pullover. Me siguen sin gustar las mujeres repintadas, revestidas, refabricadas, con uñas de 10 cm y pelos de peluquería. Por suerte “nuestra linda, dulce y buena Estrellita” me complace en esto. Me gustan y valoro las mujeres de manos fuertes, quizás deformadas por el trabajo y que estén listas para disfrutar una fiesta o una visita a un supermercado en 10 minutos. Ya no me parecen extrañas las arrugas o las estrías, ellas hablan de la vida.
Tengo 62 años y ahora he vuelto a la juventud. Tengo tres
bellas nietas hembras. Entonces estoy comenzando a vivir de nuevo y disfrutar,
quizás, más que cuando fui papá, de esa ternura única que proveen esas
figuritas que un día, sin contar conmigo, aparecieron en mi vida y que hoy ocupan
un gran porciento de ella.
Mia, Maeve y Melodie, a las que cariñosamente a veces
llamo M1, M2 y M3 por lo de la M en sus nombres u ojos bellos, mi bella o la
gorda o el paquete, por orden de aparición, me mantienen conectados a la vida y
me dan muchas ganas de vivir mucho más. No hay nada como aparecer y que de
pronto alguien venga corriendo, te brinque para arriba y te grite: “Abuelo. Abuelo,
I love you”. No hay nada parecido a el abrazo de esas pequeñas personitas, que
imitando lo que se hace con ellas, te den palmaditas en la espalda mientras te
abrazan. No hay nada parecido a que esas personas te identifiquen, te acepten y
rían con tus monerías.
Sigo siendo una persona apasionada, debo reconocer que
a veces la pasión no es buena, pero a mí me ha funcionado bien. Ahora esa
pasión está dirigida a esas tres niñas, a las que extraño si paso 24 horas sin
verlas.
Sigo al menos sintiéndome joven, entonces ahora en
camino a los 63 años, espero poder llegar a ellos y celebrar.