¿Votar o no votar? Ese hubiera sido el dilema planteado por Shakespeare si hubiera vivido hoy y de seguro lo hubiera hecho más famoso de lo que es.
Me maravilla la gente que dice, no me interesa la política y eso me parece bien, porque el asunto sigue siendo una elección personal, sólo que la política tiene la importancia de que repercute, quieras o no, en tu vida.
Entiendo. Una cosa es no interesarte la política como
profesión, porque prefieres ser médico, taxista, mecánico, abogado o
sencillamente recogedor de basura y otra es desconocer que esa pata de la mesa
o parte de la sociedad donde vives, que te guste o no, la conozcas o no, la
consideres importante o no, no te interesa para nada a pesar de lo que influye
en la vida que llevas o pretendes llevar.
Trabajar como político o en la política no es una mala
opción. Es una profesión venerable, importante, destacada y reconocida, que no
tiene que ver con lo que luego muchas veces pasa en la práctica. Llegar a decir
que todos los políticos son malos, es reconocer que también lo son los médicos
o los taxistas y no es siempre así. Existen políticos malos, como existen
médicos malos. Existen políticos corruptos como existen médicos corruptos
también.
Pensemos; ¿Somos realmente cada uno de nosotros tan,
pero tan, pero tan buenos, cumplidores, profesionales en lo que hacemos? No,
porque sencillamente no somos máquinas, porque en realidad ni las máquinas a lo
largo del tiempo suelen ser tan exactas.
Entonces la idea, me parece, no debe ser criticar a
los políticos, por ser políticos, porque si es cierto que dentro de ellos hay
muchos problemas, como los hay dentro de la policía, dentro de los jueces y
abogados, etc., también es cierto que hay muchas personas que trabajan mucho
por el bien común y trabajan bien. De lo contrario, llegada a la conclusión de
que todos, exactamente todos, son un grupo de bandidos, corruptos, mafiosos,
descarados, ladrones, pues bien haríamos con eliminarlos a todos y dedicarnos a
la anarquía o al llamado libre albedrío. Al carajo las leyes, las normas, las
regulaciones, la sociedad y los otros y vivamos en la prehistoria dedicándonos
a cazar mamuts.
Podrían existir tres opciones a la hora de actuar como
simple ciudadanos con la capacidad de influir en la selección de a quiénes
queremos escoger para que nos representen y beneficien, a lo que se reconoce
como votación, sabiendo que la votación política es muy parecida a cualquier
otra actuación humana, donde hoy te casas enamorado y mañana engañas a tu
pareja o ella te engaña a ti o crías a un hijo de forma excepcional y luego él
decide convertirse en un asesino en serie o comenzaste a estudiar arquitectura y
a la mitad descubriste que te interesa más la filosofía.
Ninguna votación, ni la más crítica, madura y científicamente
estudiada puede garantizar que el ganador con tu voto se comporte tal como tu
supones que se debe comportar. ¿Cómo una buena mujer, cariñosa, preparada
profesionalmente, querida por todos, estable emocionalmente al menos en
apariencias toda su vida, puede un día levantarse y asesinar a sus tres hijos?,
¿Cuándo se casó y prometió amor eterno a su pareja, también prometió que un día
mataría por sus manos a su descendencia?
Votar a favor, votar en contra o no votar, deben ser
decisiones muy personales y entonces todo se complica porque cada persona es un
mundo de intereses, ilusiones, conocimientos y no conocimientos, etc. diverso y
diferente. ¿Cuántas veces hemos pensado que es negro y luego hemos llegado a la
conclusión que es blanco?, ¿Cuántas veces hemos, en medio de todo, descubierto
el gris?
Lo primero que habría que pensar es que hay que respetar,
cosa de la cual sabemos poco, nosotros los cubanos muy poco, y el hecho de
tomar determinadas decisiones que son única y exclusivamente personales, no deberían
ser sometidas a el escarnio y la evaluación social. ¿Por qué? Cada cual es
dueño de votar, en libertad, por lo que quiera votar y no tiene que dar explicaciones
argumentativas o justificativas a nadie.
Deseas votar por el candidato A y el partido A, me
parece bien. Deseas votar por el candidato B y el partido B, me parece bien, incluso
me llega a parecer bien que no quiera votar por nadie, no te interesa, crees
que no te concierne, opinas que tu voto no cambiará nada, etc. Nada nuevo, todo
esto existe desde que se inventaron las votaciones.
Sin embargo, me parece absurdo el llamado voto de
castigo, o sea, te voy a negar mi voto o iré a votar por tu contrario, sólo por
venganza, por resentimiento o porque sencillamente, como humano, una determinada
figura, más allá de sus éxitos y programa, no me cae bien. Somos tan complicados
que convertimos el tema de las votaciones en toda una batalla que termina
siempre entre amigos y familiares, porque pocas veces, los simples mortales,
podemos ver y hablar con determinado candidato en cuestión.
Creo que, salvo las personas afiliadas históricamente
a una idea política, entre ellas y, sobre todo, las que ganan su dinero con esa
filiación política, tenemos la posibilidad de escoger con nuestro voto, de ahí
que sea perfectamente entendible que hoy puedas votar por el candidato y
partido A y en las próximas elecciones votar por el candidato y partido B,
porque las situaciones cambian y en cada momento hay que sacar cuentas.
Esto para nada me parece una debilidad política o al
menos ciudadana, sin embargo, el famoso voto de castigo, donde voy a votar por
cualquier otra opción, sin pensar, sólo por no votar por ti, me parece un
desastre.
En las últimas elecciones presidenciales yo voté por
el candidato republicano y ese candidato con aciertos y desaciertos está hoy
mismo sólo a la mitad del camino. Cuando voté por él, llovía, hoy está seco,
cuando voté por él tenía 61 años, hoy tengo 63, cuando voté por él estábamos en
paz, hoy estamos metidos en varios conflictos mundiales, entonces nada es igual,
sin embargo, sigo pensando, incluso por pura conveniencia en hacer a Estados
Unidos grande, más grande de lo que es, de lograr una estabilidad que permita
transitar cerca hacia la felicidad, al menos relativa, sigo pensando en la paz,
en la salud y que los que me rodean estén bien. Trato de ser sincero, no me
interesan mucho ya los intereses para comprarme un yate o una casa, no me interesa
si el precio del cobalto está alto o si han salido más huecos en uno de los desiertos
de California.
Estados Unidos funciona sobre un sistema bipartidista
donde dos partidos grandes dominan la escena política, otros más pequeños están
presentes, pero poco resuelven, por lo que tampoco me interesa mucho qué está
pasando en el Partido Americano de la Solidaridad.
Hoy frente a las elecciones de medio término, fenómeno
que toma su nombre al realizarse dos años después de cada elección
presidencial, se mantienen esos dos grandes partidos con, a mi modo de ver, enormes
conflictos no sólo entre ellos, lo que resulta entendible al ser competidores,
sino dentro de ellos, lo que complica la escena política doméstica.
Me interesa entonces describir lo que aparece con
mucha fuerza dentro de uno de los partidos, el Demócrata, a todas luces medio
desarticulado.
Dentro de los demócratas, que no son todos obviamente,
se ha implementado el término demócratas radicales socialistas, Democratic
Socialist of America (DSA), que se identifican con una corriente aparentemente
democrática no tradicional, que anuncian como plataforma una nueva política redistributiva,
la nacionalización de sectores claves y el establecimiento de una democracia
económica.
Estos nuevos políticos y políticos viejos con nuevas
ideas, en apariencias radicales, proponen, entre otras cosas, establecer la
propiedad colectiva en sectores fundamentales de la economía, revalorizando la
relación entre el dinero y el trabajo.
Y ya esto yo lo conozco porque soy cubano y conozco
como esas ideas pueden endulzar los oídos de muchos, sobre todo de muchos
jóvenes, de muchos inadaptados o que les ha ido mal, de muchos resentidos y por
qué no de muchos destructores y estoy convencido de que es como para cogerle
miedo.
Esas ideas de democratización, de repartir entre
todos, de que todos seríamos dueños, fueron las mismas ideas que llevaron a
Cuba a donde hoy está. A largo plazo destrucción total.
Entonces una cosa es no estar de acuerdo con lo que
está pasando, una cosa es no entender la política en determinados momentos y
sufrir los embates de la inflación y los altos precios y otra es entregar el
país a políticos que están advirtiendo públicamente, porque no se esconden, que
su objetivo es cambiarlo todo desde las bases y crear un nuevo sistema político,
por tanto, económico, que tiende a la destrucción de lo que tenemos, imperfecto,
pero que ha venido funcionando en sentido general hacia lo positivo.
Una cosa lícita es querer ganar elecciones y con ello
poder desarrollar un nuevo programa, que si beneficia bienvenido sea y otra
cosa es llegar a la conclusión de que hay que llevar a los pobres al poder,
idea extremadamente populista peligrosa, cuando esos pobres no están
capacitados para implementar nada, sólo se contentan con recibir, sin saber
apenas de dónde sale lo que se recibe.
Claro que hay que mejorar, hay que lograr mejores
planes sociales, hay que tratar de que el salario dignifique la vida, hay que
lograr que …, pero nada de eso se logra con un Estado débil y destruido, que,
por hacerse el dulce, reparta más de lo que puede repartir.
Quisiera pensar que esa opción, la de los demócratas socialistas
radicales, no llegará a puerto seguro, pero cuidado con el voto de castigo, porque
al final podremos resultar todos castigados.

