domingo, 1 de noviembre de 2026

698.- Ayer nos fuimos de Halloween.

Ayer, como ya es nuestra tradición, cada último día de cada mes de octubre salimos a celebrar Halloween.

Más allá de la historia de más de 2000 años surgida en Irlanda y Escocia, donde los muertos y los vivos se unían a través de los espíritus, tradición que luego llegó, con algunos cambios, a los Estados Unidos en el siglo XIX. Más allá de los desacuerdos de la iglesia católica con la celebración de lo que consideraban, al menos durante muchos años, una fiesta pagana a la cual no se debían sumar los católicos, el día de Halloween se ha convertido en una fiesta muy disfrutable para todos aquellos que se quieran incorporar a ella, sobre todo para los niños.

El día de Halloween se convierte en una divertida oferta, donde el objetivo gira en acciones y disfraces, algunos con marcadas intenciones de ocasionar miedo. Mientras más extraño sea la vestimenta, los movimientos, la música, las decoraciones y las comidas, más se disfrutan.

En nuestro caso, con nietas pequeñas, nuestra misión año tras año significa caminar cientos y cientos de metros por el reparto grande donde viven, en busca de caramelos, dulces, chocolates y pequeños juguetes.

Lo lindo del tema es caminar con niños entre niños, que generalmente se muestran incansables y son capaces de subir y bajar cuadras y cuadras, cruzando de una acera a la otra, visitando casas que ofrecen golosinas.

Por momentos los niños caminan, en otros corren, gritan y sobre todo sonríen. En esa noche salen a las calles siempre acompañados por sus familiares mayores, muchos de ellos también disfrazados, muchísimos niños que no se ven todos los días, podría parecer que viven escondidos o enjaulados y salen todos a la misma vez por lo que lo de la algarabía es notoria. Los niños van desde bebitos en coches o carritos hasta adolescentes que aprovechan para, no sólo llenar, a veces gigantescos bolsos o muy común las fundas de almohadas, de caramelos y chocolates, sino para reunirse, conversar, pienso que los más adelantados, hacer contactos con chicas o chicos que les interesa para más adelante.

Varias cosas siempre me llaman la atención.

Un alto por ciento de los vecinos, no sólo decoran sus casa con muñecos inflables, brujas, animales y sobre todo muchas luces, sino que se apostan toda la tarde noche frente a sus casas para repartir los regalos, hombres y mujeres, jóvenes padres, ancianos abuelos, que han, primero destinado dinero para comprar miles de caramelos y chocolates para regalar a los niños y dos, el placer que esas personas sienten con ser visitadas, bajo el lema aparentemente de miedo o acusador que cada niño enuncia frente a las puertas de las casas visitadas, de “Truco o Trato” en busca de sus golosinas.

Todo el que camina, todo el que se cruza en las aceras, todo el que visita una casa, termina diciendo Happy Halloween, por lo que la actividad se convierte en alegría.

Gran demanda tiene siempre, todos los años, una familia que además coloca un aparato para hacer algodón de azúcar, haciendo que los niños pasen por allí varias veces. Si se diera un premio a la popularidad, esa casa sería la ganadora. Las mías pasaron por allí dos veces. Es un día donde la azúcar deja de ser dañina.

Mientras camino y llego incluso a sudar en una de las misiones más dulces de mi vida, pienso en mí y mi infancia, hoy por razones más que obvias, ya lejana.

Nací dentro del proceso que aún se llama revolución, pero es bueno dejar en memoria que, a pesar de los cambios que existieron y los que se vislumbraban, tuve una buena infancia dentro de la infancia planificada.


Procedo de una familia que había logrado sus cositas antes de 1959, por lo que tuve la oportunidad de heredar cosas del viejo sistema, lo que me hacían diferente a algunos de mis amiguitos de aquellos años. En realidad, no me faltaron juguetes, trenes eléctricos, escopetas de perle, juegos de carpinteros, bicicletas, aviones de aeromodelismo que se volaban en parques y sitios abiertos, bates, guantes, pelotas, raquetas de tenis, etc. Nada del otro mundo, cosas que se podían adquirir en Cuba antes de yo nacer. 

No descuento el esfuerzo continuado durante los años que hicieron mis padres, para mantener en una familia de tres hijos, todo aquel intento por darle alegría a la infancia, a pesar de que llegó el sagrado y recordado, bajo el racionamiento incluso de los juguetes, momento de un juguete básico, otro no básico y uno dirigido, al cual todos los turnos que nos tocaron fueron para el quinto o sexto día, por lo que todo se convertía en casi un no básico, otro casi no básico y por supuesto, un casi no dirigido. Bolas y pelotas, con la que incluso, niños al fin, imaginábamos que éramos felices, porque a partir de no pocos trabajos, fabricábamos nuestras carriolas de madera, con rolletes o cajas de bolas viejas, enderezando clavos viejos, nuestros tirapiedras con cámaras de bicicletas rotas, podridas, nuestras pelotas de poli con papel, tape eléctrico mientras hubo y mientras hubo lo que llamábamos esparadrapos.

A los 15 años, recién iniciada mi adolescencia me enamoré de Martica y caí en su casa sin paracaídas a la próxima semana de conocerla de cerca. Allí había una familia organizada, alrededor de Marta, el horcón familiar, profesionales que también disfrutaban aún de algunas cositas hechas en el capitalismo. Entonces fui arropado con aires acondicionados, tocadiscos, televisores, cocinas con horno, calentador, automóvil, etc.  y para colmo de bienes una casa propia en la playa Boca Ciega. La playa es el sueño de cualquier cubano que se mantuvo relativamente gratis todo el tiempo, una casa en la playa a pocos metros del mar era y es sencillamente algo inalcanzable para un pueblo proletario que se debatía desde siempre entre apagones, falta de agua, problemas del transporte de todo tipo, escasez de alimentos y por supuesto desaparición paulatina de los juguetes para niños.

Allí nació mi primera hija, Jennifer, a la que por suerte le tocó algo de lo anterior, un poquito más viejo, pero que por la calidad y el cuidado de los adultos lograba sobrevivir. En el año 1986 ya el pan debajo del brazo de los niños comenzaba a verse difícil, no obstante, por ejemplo, todavía Jennifer tuvo la oportunidad de libros de niños, yo todos los jueves visitaba la librería La Moderna Poesía y compraba, entre otros, a precios muy módicos, libros para ella. Allí también en el año 1991 nació mi hijo Jonathan, donde el pan debajo del brazo ya no existía y comenzaban a aparecer incluso la falta de brazos y los libros, que ya habían desaparecido y que obtuvo y leyó, por suerte, los heredó de su hermana. Luego esos libros, con algunas bajas obviamente fueron a parar a mi sobrino Ian, junto con coches, corrales, juguetes, etc., gracias a que ese tipo de herencia no fue objeto de regulación del gobierno.

No obstante, mis hijos, en medio de todo el desastre, tampoco padecieron mucho, más allá de lo que inevitablemente les tocó. Ellos siempre estuvieron priorizados. Ellos siempre estuvieron priorizados, no sólo por sus padres, sino por abuelos, tíos y muchos, muchísimos amigos.

Recuerdo que el 1994 hice un viaje que no debía tener regreso, pero del cual al final regresé. Cuando declaré mi intención de regresar, mi misión, entre muchas otras, incluyendo ajustadores para Martica que nunca logré comprar, no por falta de ellos, sino porque no sabía lo que buscaba, era clara.

Tenía que regresar con una Barbie para Jennifer y un camión para Jonathan. Lo del camión me fue relativamente fácil, yo soy varón y los camiones habían estado en mi vida de niño, por tanto, podía escoger mejor. Lo de la Barbie fue todo un problema, nunca había jugado con muñecas. Al entrar en una tienda de juguetes en Londres, descubrí que el lugar era enorme con cuatro pisos solo de juguetes, donde había un piso entero dedicado sólo a la muñeca de moda.

La gestión me tomo tres horas caminando y caminando, de atrás para adelante, de adelante para atrás, tratando de descubrir la muñeca más bella. Al final terminé comprando tres, dos Barbies y el famoso Kent, novio de ellas y un enorme camión de volteo, rojo, azul y amarillo. Todo un espectáculo.

Con todo lo comprado, incluyendo el camión que no cabía en ninguna maleta, regresé un día a Cuba. Llegué y estábamos en apagón, algo común en la Cuba de 1994 y el Jonathan tenía fiebre.

Lamentablemente frente a todo aquello, bienvenidas, recibimiento, repartición de los primeros regalos, chocolates, incomprensión de algunos por mi regreso y felicidad por mi presencia nuevamente en aquella casa, más la fiebre de mi hijo, el enorme camión quedó fuera cuando nos acostamos a dormir sin electricidad. Al despertarnos descubrimos que se lo habían robado. El camión con que había montado varios aviones y había estado en varios aeropuertos, lo había cargado como algo extremadamente apreciable, ya no estaba. Los robos en Cuba no son de ahora, ahora los conocemos más porque se publican, los robos aparecieron y han ido aumentando desde el mismo 1959. Puedo escribir, sólo basado en mi experiencia personal y familiar, un extenso artículo sobre esto para los incrédulos.

Entonces ahora más viejos, sigo pensando en el camión de mi hijo y me llama la atención la cantidad de juguetes que se quedan constantemente fuera de las casas, incluyendo la de mis nietas, sin peligro al menos hasta ahora de que desaparezcan. Jardines y portales que albergan los juguetes donde los niños los sueltan, incluyendo las apreciadas bicicletas, patinetas, carritos eléctricos, etc.

Caminando también pienso en la Cuba de hoy y me pregunto: ¿Cambiaría un niño cubano un poco de soberanía por unos chocolates?, ¿Sería una ideología, sea cual sea, más importante para un niño que un juguete?, ¿Cuáles serán las consecuencias de sacrificar hasta casi la miseria a un niño?, ¿Cuánta añoranza puede crear en un niño un refresco, unas galleticas, un simple caramelo?, ¿Cómo explicarle a un niño que a pesar de que sus padres trabajan, son maestros, médicos, secretarias, obreros, etc., no le pueden comprar caramelos ni una vez al año y si se come el pan por la mañana no habrá pan para la tarde, mientras algunos de sus amiguitos cuyos padres se niegan a trabajar llevan a la escuela suntuosas meriendas, fríos refrescos, mochilas de Bluey o las más famosas princesas y cintas, liguitas o hebillas para el pelo de colores capitalistas, porque hasta los colores en Cuba han desaparecido?

¿En Cuba, dónde está la importante ilusión que condiciona luego toda la vida, de aquellos que seguimos diciendo que nacieron para ser felices?