lunes, 12 de octubre de 2026

692.- Shakespeare hubiera tenido un mayor dilema.

 ¿Votar o no votar? Ese hubiera sido el dilema planteado por Shakespeare si hubiera vivido hoy y de seguro lo hubiera hecho más famoso de lo que es.


Me maravilla la gente que dice, no me interesa la política y eso me parece bien, porque el asunto sigue siendo una elección personal, sólo que la política tiene la importancia de que repercute, quieras o no, en tu vida.

Entiendo. Una cosa es no interesarte la política como profesión, porque prefieres ser médico, taxista, mecánico, abogado o sencillamente recogedor de basura y otra es desconocer que esa pata de la mesa o parte de la sociedad donde vives, que te guste o no, la conozcas o no, la consideres importante o no, no te interesa para nada a pesar de lo que influye en la vida que llevas o pretendes llevar.

Trabajar como político o en la política no es una mala opción. Es una profesión venerable, importante, destacada y reconocida, que no tiene que ver con lo que luego muchas veces pasa en la práctica. Llegar a decir que todos los políticos son malos, es reconocer que también lo son los médicos o los taxistas y no es siempre así. Existen políticos malos, como existen médicos malos. Existen políticos corruptos como existen médicos corruptos también.

Pensemos; ¿Somos realmente cada uno de nosotros tan, pero tan, pero tan buenos, cumplidores, profesionales en lo que hacemos? No, porque sencillamente no somos máquinas, porque en realidad ni las máquinas a lo largo del tiempo suelen ser tan exactas.

Entonces la idea, me parece, no debe ser criticar a los políticos, por ser políticos, porque si es cierto que dentro de ellos hay muchos problemas, como los hay dentro de la policía, dentro de los jueces y abogados, etc., también es cierto que hay muchas personas que trabajan mucho por el bien común y trabajan bien. De lo contrario, llegada a la conclusión de que todos, exactamente todos, son un grupo de bandidos, corruptos, mafiosos, descarados, ladrones, pues bien haríamos con eliminarlos a todos y dedicarnos a la anarquía o al llamado libre albedrío. Al carajo las leyes, las normas, las regulaciones, la sociedad y los otros y vivamos en la prehistoria dedicándonos a cazar mamuts.

Podrían existir tres opciones a la hora de actuar como simple ciudadanos con la capacidad de influir en la selección de a quiénes queremos escoger para que nos representen y beneficien, a lo que se reconoce como votación, sabiendo que la votación política es muy parecida a cualquier otra actuación humana, donde hoy te casas enamorado y mañana engañas a tu pareja o ella te engaña a ti o crías a un hijo de forma excepcional y luego él decide convertirse en un asesino en serie o comenzaste a estudiar arquitectura y a la mitad descubriste que te interesa más la filosofía.

Ninguna votación, ni la más crítica, madura y científicamente estudiada puede garantizar que el ganador con tu voto se comporte tal como tu supones que se debe comportar. ¿Cómo una buena mujer, cariñosa, preparada profesionalmente, querida por todos, estable emocionalmente al menos en apariencias toda su vida, puede un día levantarse y asesinar a sus tres hijos?, ¿Cuándo se casó y prometió amor eterno a su pareja, también prometió que un día mataría por sus manos a su descendencia?

Votar a favor, votar en contra o no votar, deben ser decisiones muy personales y entonces todo se complica porque cada persona es un mundo de intereses, ilusiones, conocimientos y no conocimientos, etc. diverso y diferente. ¿Cuántas veces hemos pensado que es negro y luego hemos llegado a la conclusión que es blanco?, ¿Cuántas veces hemos, en medio de todo, descubierto el gris?

Lo primero que habría que pensar es que hay que respetar, cosa de la cual sabemos poco, nosotros los cubanos muy poco, y el hecho de tomar determinadas decisiones que son única y exclusivamente personales, no deberían ser sometidas a el escarnio y la evaluación social. ¿Por qué? Cada cual es dueño de votar, en libertad, por lo que quiera votar y no tiene que dar explicaciones argumentativas o justificativas a nadie.

Deseas votar por el candidato A y el partido A, me parece bien. Deseas votar por el candidato B y el partido B, me parece bien, incluso me llega a parecer bien que no quiera votar por nadie, no te interesa, crees que no te concierne, opinas que tu voto no cambiará nada, etc. Nada nuevo, todo esto existe desde que se inventaron las votaciones.

Sin embargo, me parece absurdo el llamado voto de castigo, o sea, te voy a negar mi voto o iré a votar por tu contrario, sólo por venganza, por resentimiento o porque sencillamente, como humano, una determinada figura, más allá de sus éxitos y programa, no me cae bien. Somos tan complicados que convertimos el tema de las votaciones en toda una batalla que termina siempre entre amigos y familiares, porque pocas veces, los simples mortales, podemos ver y hablar con determinado candidato en cuestión.

Creo que, salvo las personas afiliadas históricamente a una idea política, entre ellas y, sobre todo, las que ganan su dinero con esa filiación política, tenemos la posibilidad de escoger con nuestro voto, de ahí que sea perfectamente entendible que hoy puedas votar por el candidato y partido A y en las próximas elecciones votar por el candidato y partido B, porque las situaciones cambian y en cada momento hay que sacar cuentas.

Esto para nada me parece una debilidad política o al menos ciudadana, sin embargo, el famoso voto de castigo, donde voy a votar por cualquier otra opción, sin pensar, sólo por no votar por ti, me parece un desastre.

En las últimas elecciones presidenciales yo voté por el candidato republicano y ese candidato con aciertos y desaciertos está hoy mismo sólo a la mitad del camino. Cuando voté por él, llovía, hoy está seco, cuando voté por él tenía 61 años, hoy tengo 63, cuando voté por él estábamos en paz, hoy estamos metidos en varios conflictos mundiales, entonces nada es igual, sin embargo, sigo pensando, incluso por pura conveniencia en hacer a Estados Unidos grande, más grande de lo que es, de lograr una estabilidad que permita transitar cerca hacia la felicidad, al menos relativa, sigo pensando en la paz, en la salud y que los que me rodean estén bien. Trato de ser sincero, no me interesan mucho ya los intereses para comprarme un yate o una casa, no me interesa si el precio del cobalto está alto o si han salido más huecos en uno de los desiertos de California.

Estados Unidos funciona sobre un sistema bipartidista donde dos partidos grandes dominan la escena política, otros más pequeños están presentes, pero poco resuelven, por lo que tampoco me interesa mucho qué está pasando en el Partido Americano de la Solidaridad.

Hoy frente a las elecciones de medio término, fenómeno que toma su nombre al realizarse dos años después de cada elección presidencial, se mantienen esos dos grandes partidos con, a mi modo de ver, enormes conflictos no sólo entre ellos, lo que resulta entendible al ser competidores, sino dentro de ellos, lo que complica la escena política doméstica.

Me interesa entonces describir lo que aparece con mucha fuerza dentro de uno de los partidos, el Demócrata, a todas luces medio desarticulado.

Dentro de los demócratas, que no son todos obviamente, se ha implementado el término demócratas radicales socialistas, Democratic Socialist of America (DSA), que se identifican con una corriente aparentemente democrática no tradicional, que anuncian como plataforma una nueva política redistributiva, la nacionalización de sectores claves y el establecimiento de una democracia económica.

Estos nuevos políticos y políticos viejos con nuevas ideas, en apariencias radicales, proponen, entre otras cosas, establecer la propiedad colectiva en sectores fundamentales de la economía, revalorizando la relación entre el dinero y el trabajo.

Y ya esto yo lo conozco porque soy cubano y conozco como esas ideas pueden endulzar los oídos de muchos, sobre todo de muchos jóvenes, de muchos inadaptados o que les ha ido mal, de muchos resentidos y por qué no de muchos destructores y estoy convencido de que es como para cogerle miedo.

Esas ideas de democratización, de repartir entre todos, de que todos seríamos dueños, fueron las mismas ideas que llevaron a Cuba a donde hoy está. A largo plazo destrucción total.

Entonces una cosa es no estar de acuerdo con lo que está pasando, una cosa es no entender la política en determinados momentos y sufrir los embates de la inflación y los altos precios y otra es entregar el país a políticos que están advirtiendo públicamente, porque no se esconden, que su objetivo es cambiarlo todo desde las bases y crear un nuevo sistema político, por tanto, económico, que tiende a la destrucción de lo que tenemos, imperfecto, pero que ha venido funcionando en sentido general hacia lo positivo.

Una cosa lícita es querer ganar elecciones y con ello poder desarrollar un nuevo programa, que si beneficia bienvenido sea y otra cosa es llegar a la conclusión de que hay que llevar a los pobres al poder, idea extremadamente populista peligrosa, cuando esos pobres no están capacitados para implementar nada, sólo se contentan con recibir, sin saber apenas de dónde sale lo que se recibe.

Claro que hay que mejorar, hay que lograr mejores planes sociales, hay que tratar de que el salario dignifique la vida, hay que lograr que …, pero nada de eso se logra con un Estado débil y destruido, que, por hacerse el dulce, reparta más de lo que puede repartir.

Quisiera pensar que esa opción, la de los demócratas socialistas radicales, no llegará a puerto seguro, pero cuidado con el voto de castigo, porque al final podremos resultar todos castigados.

No hay comentarios:

Publicar un comentario