sábado, 11 de abril de 2026

669.- Pioneros por el comunismo, serán como mi nieto Sandrito.

Si algo es común en los gobiernos totalitarios, es el trabajo con la mente. Las mentiras y la propaganda constituyen la base del poder a tal punto de llegar a inducir lo que se tiene que ver, aunque no exista, pensar, aunque no se entienda y repetir como auto parlante o disco rayado.

Esto que fue muy fácil de realizar y mantener en el pasado, hoy está complicado con el tema de internet, las redes sociales, la información y como consecuencia el acceso que tiene cada ciudadano a la hora de acceder más allá de su única experiencia propia o la de su círculo cercano de familiares y amigos. En el caso específico de Cuba, país que llegó tarde al acceso a la tecnología, los celulares, internet, etc., es llamativo que hoy, sin tener comida, sin tener electricidad y muy poco dinero, una gran parte de la población, sobre todo los más jóvenes, poseen un celular, más viejo o moderno, que le permite estar conectados, primero entre ellos y segundo y muy importante, con el exterior.

Hoy en Cuba esos celulares son la mejor, mayor y más confiable fuente de información, que a veces pública, a veces clandestina se puede tener para conocer lo que pasa realmente dentro del país en contraposición con la versión oficial que el gobierno emite por sus otrora fuertes medios de comunicación, hoy parte de toda la crisis en los que creo muy pocas personas creen. El Noticiero Nacional de TV, (NTV), que fuera por excelencia el espacio más importante de la información del gobierno, hoy es reconocido por la inmensa mayoría del pueblo cubano como el “Menticiero”, dando la imagen de que muy poco se consulta, se sigue y menos se confía.

Es más que conocido que la revolución cubana apostó por los niños. Era una masa virgen sobre la cual trabajar. A partir de que Fidel Castro definiera en el año 1968, obvio después de la muerte del Che en Bolivia, donde no sabíamos que estaba, aquello de “Pioneros por el Comunismo, Seremos como el Che”, dentro de otros objetivos, fueron precisamente los niños los que recibieron cuotas extras de adoctrinamiento.

Desde edades muy tempranas como la primaria e incluso la preescolar, Fidel era el padre de todos los niños, los que estaban en contra eran enemigos, mercenarios y gusanos y diariamente, además de las clases y dentro de ellas, se asignaban cuotas de revolución.

Los niños que crecimos dentro de ese ambiente, éramos los llamados a combatir a nuestros familiares, éramos los llamados a defender la revolución en nuestras casas y familias, nuestras aulas, nuestros grupos de amigos.

Las muestras sobran. Niños en guardias pioneriles revolucionarias, niños en trabajos voluntarios, niños custodiando las votaciones vestidos de uniformes, niños que participaban en las marchas revolucionarias con incluso papeles protagónicos de casi locutores, declamadores de poemas, niños que éramos movilizados a tirar flores a Camilo Cienfuegos, del que todavía no tenemos claro cómo desapareció, en el Malecón de La Habana simbólico lugar al estar frente al mar, pero además en ríos, e incluso ridículamente en palanganas con agua en aquellos lugares donde el mar no existía, niños que éramos movilizados con nuestros padres a sus tareas revolucionarias, reuniones, movilizaciones, trabajos voluntarios en el campo y las ciudades, etc.

Con el crecimiento de los niños crecen las exigencias revolucionarias, la FEEM, la UJC, la radicalización de pensamientos, las críticas a aquellos que no cumplían con los estándares impuestos desde el gobierno, las autocríticas desbastadoras en busca de errores reales o inventados todos maximizados para la purga.

Adolescentes obligados a estudiar becados, donde además del mucho o poco resultado en las tareas agrícolas, creo yo que más de lo segundo, permanecían cinco de siete días a la semana apartados de sus familias, como objetivo para facilitar el adoctrinamiento. El objetivo enmascarado en bellas palabras ilusionadoras de la mejor educación fue construir una reacción e interés colectivo por encima de los intereses privados. La privacidad fue casi desterrada del modo de vida cubano. Por encima de los más que básicos e importantes intereses privados, estaban los intereses de la revolución, lo mismo llamada y confundida con patria que con soberanía.

La juventud cubana, edad complicada en cualquier lugar y momento, se definió como: si eres revolucionario si, si no eres revolucionario no. A tal punto que todos los que vivimos allí, nos sabíamos vigilados, evaluados y de todo esto dependía nuestro futuro. Las escuelas y las calles eran para los revolucionarios, al menos los que formalmente así se distinguían, si no estabas en ese selecto grupo, ya podías suponer lo que te esperaba.

La lucha del gobierno revolucionario era formar a ese hombre nuevo, según decían tan necesario por su desarrollo consciente para mantener a la propia revolución, nada más y nada menos que entregándole como guía a la imagen distorsionada del Che, que, entre otras cosas, ni cubano era.

Mientras todo esto ocurría años tras años, diariamente, niños revolucionarios, combatientes, comunistas, que como resultado de lo que defendían, sólo obtuvieron crecer con falta de agua, falta de electricidad, falta de juguetes y comiditas ricas, incluyendo refrescos, caramelos y bombones, falta de casas, si ya no confortables, por lo menos habitables, los niños de todos aquellos que inventaron y exigieron aquello de Pioneros por el Comunismo… vivieron siempre como hijos de millonarios capitalistas. La realidad cubana y sobre todo las diferencias, más allá de la propaganda, era abismal.

Esos niños vivían en mansiones que sus padres obtuvieron por su incondicionalidad a la revolución y Fidel, eran llevados y traídos siempre en automóviles nuevos, paseaban por toda Cuba de forma gratuita, viajaban de turismo al extranjero con el dinero del gobierno, supuestamente del pueblo, a veces con sus padres, otras con sus amiguitos, los hijos de otros “pinchos” cubanos. Vestían con ropa capitalista de marcas, frente a un pueblo que se desgastaba remendando ropas, usando zapatos plásticos, aquellos “Kikos” que de seguro algún soviético recomendó para el crudo verano cubano y celebraban sus cumpleaños con cake de boniato y refresco hechos a partir de concentrados, usando los mismos platicos, cucharitas y vasitos de cumpleaños anteriores que eran cuidadosamente guardados por los padres, a veces más cuidadosamente que las cenizas de un familiar querido.

Esos niños del gobierno crecieron intocables, crecieron con una inmensa inmunidad, crecieron con casi "licencias para matar" sin grandes consecuencias. Muchos de esos niños hijos se convirtieron en delincuentes según el código de “seremos como el Che”, pero nada se podía hacer contra ellos. Los códigos y las leyes sólo funcionan para los hijos del proletariado.

Todos los cubanos, al menos los de mi edad vivimos así y conocemos a algunos de esos niños, cuyo apellido los hacía diferente. Especiales escuelas, especiales seguridades y escoltas personales, carros, casas, ropita de moda, dinero, contactos que en Cuba es más importante que ser millonario, además drogas, pornografía que contradecía lo que el gobierno quería para la juventud cubana, pero los cubanos llegamos incluso a justificarlos: imagínate es el hijo de fulano o mengano, ellos tienen que vivir diferente, etc., eran las ideas que nuestros padres enarbolaban para tratar de justificar lo que a todas luces no se podía justificar y definía el verdadero camino para el que se había hecho una revolución comunista. Algo así como lo que el gran Orwell, por cierto prohibido en Cuba, definió para criticar la hipocresía de algunos gobiernos que proclaman igualdad absoluta de sus ciudadanos, pero en realidad dan poder y privilegios a una pequeña élite, en uno de sus magistrales libros, Rebelión en la granja: “Todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros”.

Pioneros por el Comunismo, ustedes deberán ser como el Che, deberían haber dicho; nuestros hijos, sobrinos, nietos, más sus descendencias, más todos sus íntimos amigos tienen otro camino.

Es cierto, para hablar bien de la revolución, los cubanos deberemos ser los ciudadanos del mundo que más títulos tenemos, sin embargo, con el paso de los años, los cubanos nos hemos convertido en incultos, a lo mejor sabemos mucho de cómo sacarle pelos a una rana, pero fuera de ahí, muchos, nos caemos y comemos hierba. Y no es nada anormal, el gobierno necesitaba personas que no pensaran, que no cuestionaran y que llegaran a creer y defender lo que no se veía y nunca se vio. La cultura del cubano por todos estos años se tenía que buscar a partir de escuchar, leer y releer, más analizar y debatir los discursos de Fidel Castro, fuera de ahí muchas otras cosas, muchas otras lecturas, etc., fueron declaradas materiales enemigos.

Somo un país que va a la escuela, pero, al menos los más recientes, no sabemos ni hablar, menos escribir y nuestra capacidad de razonar, valorar, al menos los más recientes, es extremadamente limitada, a tal punto que no existe. Muchas veces se está en contra o a favor y no se puede definir qué se está valorando y menos el por qué.

La mejor muestra de este proceso que describo es el “famoso” Sandro Castro, hijo del primer descendiente y por tanto nieto del mismísimo Fidel Castro.

Niño, joven, hombre ya, que lo primero que no se sabe es de dónde sacó el dinero para convertirse de la noche a la mañana en un empresario exitoso dueño de un bar, dicen que el más famoso de La Habana, que todos sabemos que es decir Cuba. Sandrito, imagino que así le diría su abuelo con el que siempre vivió, o sea, no cabe la posibilidad de que no lo viera, que no sabe ni tan siquiera hablar y emitir una idea coherente, imagino que menos podrá pensar.

Sandrito que en medio de los desastres se da el lujo de exhibirse manejando autos de alta gama, en sesiones de turismo en lugares desconocidos por el pueblo, tener un apartamento “a todo tren” como diría mi hermano Ruso, manejar un negocio y ahora convertirse en “influencer” en las calles de la ciudad. Sandrito, el tonto nieto, se ha hecho famoso en Cuba por sus boberías, lo que habla peor de la capacidad de análisis de sus seguidores.

Sandrito, el nieto, que no sólo payasea y muestra sus lujos, sino que ahora es capaz de criticar al presidente de Cuba, diciendo que no lo ha hecho bien y afirmar que los cubanos no quieren el comunismo, frente a un periodista nada más y nada menos que de un medio norteamericano y no está detenidooooooooooo en Villa Marista, no le han parqueado un camión de marcha atrás y le han decomisado hasta la última cerveza Cristal que alardea tomarse, no lo han desaparecido a tal punto que ni su propia madre sepa dónde está. ¿Le orientaron que lo dijera, o sea, le pasaron un guion para dar la imagen de libertad y entonces trabaja para el gobierno o sencillamente se les escapó? Entonces yo tengo que concluir que Sandrito, el nieto, está por encima del gobierno, del partido comunista y del propio presidente “Puesto a Dedo” Díaz Canel, al que, entre otras cosas, no le debe haber gustado que un nieto de Fidel Castro, la familia más famosa de Cuba, lo defina como incapaz.

Hay que ser sincero, la idea, ya sea verdadera o falsa, es interesante y habría que agradecer, el presidente es un anormal y el pueblo cubano no quiere el comunismo, contradice la propaganda que hoy se trata de hacer con más fuerza que nunca.

Sin embargo, es la misma idea que decenas de disidentes y opositores tienen desde hace décadas por la cual han tenido que sufrir represiones, detenciones, encarcelamientos. Es la misma idea que tienen millones de cubanos que por sólo insinuarla, filmar con un celular, subir alguna información a las redes, están hoy pagando eternas condenas, muchos incluso dentro de sus propias casas de las que policía política apostada frente a sus puertas no les permiten salir.

El Puesto a Dedo es gris e incapaz y no queremos el comunismo es el diario del cubano llamado de a pie, que el gobierno no sólo desconoce, sino que reprime.

¿Sandrito, el nieto, fue honesto o utilizado? No lo sé, lo que sí sé es que lo dicho, para su peor interpretación a un medio norteamericano, le tendría que haber costado y no le costó.

¿Es un tonto con inmunidad, está protegido, tiene un cartel que dice: OJO-Pinta o el gobierno sabe que no lo puede tocar?

Sandrito, el nieto, es el mejor ejemplo de lo que esa revolución logró formar, un tipo que debajo de las faldas del gobierno, no trabaja para él, sino que hoy aparece como empresario “privado”, con un nivel de vida muy por encima ya no del proletariado, sino del abogado, del cirujano, del poeta, del músico, etc., y siente placer con mostrarlo sin pudor en medio del desastre cubano, donde el sólo hecho de pensar tomarse una cerveza, además de problema ideológico es algo casi inalcanzable. Cerveza de la cual él no sólo alardea y presume, sino que dilapida. En un país donde lo más sencillo el huevo es casi inalcanzable, costando el cartón más de lo que significa el salario medio de un cubano que ha trabajado o continúa trabajando como un mulo, Sandrito, el nieto, se traslada en autos “cómicos”, vive en apartamento “cómico” y ahora se nos revela como crítico sin consecuencias.

La mejor imagen de Sandrito, el nieto, no es un martillo, no es una cuchara de albañil, menos el símbolo del partido comunista, es una cerveza, es el alcohol, es la fiesta, la diversión. Mientras el gobierno llama al sacrificio nuevamente, ahora apodado creativo, él se relaja con fiestas todo el tiempo, como dejando claro que ese sacrificio creativo no tiene nada que ver con él y en realidad nada tiene que ver con él, los cubanos lo sabemos, porque en la granja hay animales más iguales que otros. Y todavía es más descarado cuando asegura que no tiene ningún privilegio, que vive como un cubano más.

Creo que Fidel Castro se equivocó o fue limitado en la búsqueda de ese apoyo necesario y el trabajo con los niños, si hubiera querido consolidar su robolución a futuro, debió haber dicho: Pioneros por el Comunismo, serán como mi nieto Sandrito.

En Cuba todos decimos, si tienes un amigo tienes un central, haciendo referencia a la poderosa y rica producción que significó la azúcar, sin embargo, existe algo más rentable y poderoso y es ser descendiente de las familias del poder. Sandrito, el nieto, es el mejor ejemplo, a lo mejor es que no le ha dado tiempo a conocer sobre el Che. 

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