sábado, 25 de abril de 2026

674.- No puedes leer de pie, siéntate.

Recuerdo que en varias ocasiones anteriores he escrito sobre los cementerios. En esos escritos he afirmado mi gusto por esos lugares, cosa que ha dejado medio confundidos a muchos de mis amigos. Es cierto, me gustan los cementerios y trato de visitarlos en cualquier lugar por dónde paso o estoy.

El interés por los cementerios nada tienen que ver con un tema de fe, todavía a mi edad no soy adepto a ninguna religión, no sigo a ningún dios o santo y no creo en la vida después de la muerte. No tengo la menor idea, ni me preocupa, a dónde va el alma, que según dicen muchos se va a algún lugar, una vez que, también algunos dicen, deja la parte material de un ser humano. Los sentimientos que poseemos, buenos y malos, se van con nosotros.

Sigo creyendo que la vida es una, larga o corta, que hay que vivirla y sobre todo aprender a vivirla y no dejar nada para después, lo que se quede para luego es porque no pudimos hacerlo, no por no haberlo intentado. La complacencia de esperar a la otra vida, no me cuadra.

Los cementerios son fuentes de información, no sólo de personas, sino de épocas e historias. El diseño, la arquitectura, las esculturas nos hablan. Además, son lugares serios, de silencios, que permiten el pensamiento reposado.

He escrito que, también a mi edad, me han tocado ya algunos muertos, más cercanos unos, más alejados otros y encuentro diferencias entre las funerarias y los cementerios. Las primeras son aquellos lugares donde nuestra tradición obliga a mantener al fallecido 24 horas dentro de una caja de madera forrada para que familiares y amigos les presenten el último respeto o cariño. Tradición para mi gusto absurda y desgastante, porque cuando la ciencia hoy decreta que no hay vida, ya no hay más nada que hacer. Las funerarias tienen la capacidad, creo por el ambiente, que, aunque no conozcas al fallecido, si pasas algún tiempo allí adentro, sales agotado.

Pero las funerarias, como todo acto social, donde algunas personas asisten por el chisme, la comparsa o el simple compromiso, por momentos dejan de ser serias, en la misma medida que por momentos, como tenemos que estar allí, nos entretenemos en hablar de pelota o cortar levas a algunos de los presentes. A veces, no siempre, pero a veces, el más serio es el que está acostado.

Recuerdo mi primera funeraria estando yo en 7mo grado. Una compañerita se había suicidado con la pistola de su papá militar y, absurdo e injustificado, los estudiantes fuimos llevados masivamente a la funeraria, hoy me pregunto para qué. Nos sentaron en aquellas sillas duras, nos pusieron unos frente a otros, incluso a los que no la conocían, por lo que nada les interesaba allí y a los 15 minutos, adolescentes al fin, comenzó, ahora no sé de dónde, ni de quién, a lo mejor por nervios, una risa contagiosa imparable, de esa que te imposibilita mirar a la cara de una persona sin reírte, que terminó con que a todos nos sacaran de aquel lugar, pienso hoy por haber protagonizado un feo espectáculo. Yo tenía 11 años.

No pasa así con los cementerios. El viaje último, el camino detrás de un carro fúnebre o a pie detrás del féretro cargado a manos, la presencia frente a una bóveda, parada a veces incómoda por el poco espacio, la apertura y la inevitable e indiscreta mirada hacia adentro del rectangular espacio, el depósito de un cadáver, el sonido que crea el movimiento de la tapa, la última visión del lugar nunca trae juegos, chistes, apatía. Las personas, quizás porque ese camino sabemos que será recorrido por todos, incluso nosotros mismos, se mantienen solemnes, sin que nadie de forma programada pida solemnidad. El camino del cementerio siempre es serio y respetuoso, incluso en aquellos casos donde la tradición y cultura incluya música y cantos.

Cuba, ese lindo pedazo de tierra donde muchos nacimos, no deja de traernos nuevas y desagradables noticias. Con Cuba nunca se termina, si piensas que ya lo has visto todo y que nada peor puede aparecer, te equivocas. Han sido tantos y tantos años de maltrato hacia todo y de desconocer, en sentido general, ese maltrato, que hoy con el acceso a la información, cada día amanece peor.

Siéntate para leer y ver fotos

Hace unos días he visto, medio asombrado, digo medio porque viniendo de Cuba ya nada me asombra, un reportaje noticioso realizado por la periodista independiente obviamente, Camila Acosta, sobre un descubrimiento al que ella llegó por pura casualidad.

Estando haciendo un reportaje dentro del Cementerio de Colón en La Habana, símbolo de majestuosidad cubana, poseedor, a pesar de la barbarie y el saqueo de estos últimos años, de una inigualable riqueza arquitectónica y de esculturas, capaces de ponerlo a competir con los más famosos cementerios del mundo, descubrió lo que podría ser llamado un almacén de huesos, según expertos en humanos, que puede ser el resultado de entre 200 a 300 cuerpos, más huesos, ropas y pertenencias de fallecidos regadas por todos los alrededores, incluso los restos de una fogata donde se intentó quemar los huesos, quizás alguien o algunos inspirados en las mejores series de vikingos o en la tradición india de cremar los cadáveres, cuyas cenizas son luego tiradas al río Ganges, que al no haber ríos dentro del cementerio fueron dejados aparentemente al descuido, por lo que el número de cadáveres pueden superar los antes mencionados.

Las imágenes y fotos reales resultan espeluznantes, no por el miedo a los huesos o algo parecido, sino porque reflejan el desprecio total de las autoridades, o sea, la representación del gobierno encargado en ese sitio, por la vida y la muerte de cubanos y más por los sentimientos de sus sobrevivientes.

Durante mi vida es Cuba, fue conocido que de vez en cuando, alguna tumba era profanada, sobre todo, dicen, para fines religiosos. Algunas de nuestras religiones africanas, necesitan huesos de humanos, fuera más fácil de perros o gatos, para hacer sus trabajos, de ahí incluso que exista una persecución a algunos cadáveres específicos, porque mientras más importante, fuerte, conocedor, etc., fuera el fallecido, más fuerza cobra el trabajo religioso. Siempre esto ocurrió, pero no dejó de ser casos aislados, reconocidos y transmitidos por voz popular. También es conocido el saqueo por algunos de los trabajadores de los cementerios, en busca de prendas de vestir, joyas, ropas, dientes y muelas de oro, etc., pero seguían siendo casos aislados o por el momento histórico, menos publicitados.

La idea de cadáveres tirados unos sobre otros, si tirados desorganizadamente unos sobre otros, tal como se mezclan los espaguetis y huesos humanos regados por dondequiera, deja un sabor muy amargo, que al menos a mí, me recuerdan aquellas fotos que el mundo conoció para castigar al nazismo, donde cuerpos y más cuerpo eran apilados como sacos de papas, en realidad los sacos de papas, por su importancia para la alimentación, se apilan mejor y con más cuidado.

Resulta desagradable, porque esos huesos pueden ser de algún conocido, ojalá que no de un familiar o amigo, lo que no es imposible. Resulta incompresible la solución de tirar huesos humanos dentro de una nave, sin el menor, ya no digamos respeto, sino pudor.

Es cierto, deben existir muchos cadáveres que nadie reclama, cadáveres de personas sin familiares presentes en Cuba. Es cierto existen muchas bóvedas que se ha quedado sin dueños y a pesar de que hoy están en manos del gobierno, la imposibilidad de atender a los vivos justifica la mayor imposibilidad de atender y darle buen tratamiento a los muertos, sobre todo cuando ellos son pueblo cubano común. Es cierto la idea de cremar estos cadáveres resulta imposible porque los crematorios que existen, al menos en La Habana creo dos, no trabajan con electricidad de paneles solares y lo del combustible está complicado.

Todo esto es cierto, pero la solución, que es el resultado del mayor desprecio que puede existir, no tiene justificación.

Creo que quitándole dos litros de gasolina o petróleo a los carros de los del gobierno, a los carros y camiones de los militares, a los carros y camiones de los que reprimen, sólo dos litros, permitiría mover un camión y una excavadora, abrir un enorme hueco en el medio de un campo y enterrar todos esos cadáveres que nadie podrá reclamar, porque en realidad no son cadáveres armados tan siquiera, sino huesos, cráneos tal como dice la periodista, escombros. Nadie podrá reclamar a un familiar o amigo, porque sería difícil poder armar un cuerpo con lo que allí existe y los huesos no vienen marcados con un código de barras.

Un hueco en la tierra hubiera resulto la imagen no desagradable, sino inhumana de esos restos humanos, que cada cubano e incluso cada niño que visite el cementerio por necesidad o paseo, pueden presenciar. Nada, absolutamente nada justifica este desastre.

No son pocas las historias de familias, incluyendo la mía, que han llegado y encontrado las bóvedas abiertas y vacías, sin saber qué pasó con sus familiares enterrados y a dónde fueron a parar.

Ni hablar entonces de los niveles de insanidad, reguero, podredumbre, nada más y nada menos que en medio de la llamada capital de todos los cubanos. Animales, al menos perros visibles, que revuelven buscando comida y salen caminando con un hueso humano entre sus dientes. Ojalá no sea de algunos de nuestros conocidos.

Las imágenes hablan más y más claro que cualquier cosa que yo pueda decir aquí.

¿Sigues sentado leyendo, te parece que esto es mucho? Pues no, existen cosas peores. La historia a continuación es capaz de superar a la insuperable película cubana, verdadera obra de arte por su elaboración y sobre todo por su capacidad de imaginar cosas que 70 años después siguen existiendo, con otras personas, con diferentes posibles guiones, pero que siguen representando lo mismo.

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 Ayer asistí a una fiesta con amigos, donde el mayor por ciento de los participantes éramos cubanos, por lo que, entre comidas, bebidas, bailes, chistes, el tema Cuba siempre estuvo presente. Es imposible pedir que, entre cubanos, a partir de lo que estamos viviendo en y con nuestro país de origen, dediquemos mucho tiempo a hablar de los próximos viajes de Artemis a La Luna.

Una amiga nuestra, cubana, muy agradable y simpática, con aun esa bondad visible de las personas de origen campesino, originaria de Sancti Spiritus, ciudad que sigue estando en el centro de Cuba, nos contó una historia que, a no ser porque se la hice repetir tres veces bajo juramento, ya me conocen, pudiera ser imposible de creer, a pesar de que repito, nada en Cuba hoy resulta totalmente asombroso.

Nos contó ayer, por lo que tengo las tres versiones idénticas muy frescas, que la madre de la esposa de su tío se fracturó hace poco una cadera.

Conozco del tema, porque mi suegra en su larga vida se fracturó en dos momentos diferentes las dos caderas. Se fracturó sólo dos, pienso que de tener una tercera se la hubiera fracturado también y en esos dos eventos yo, salvo en el momento de las cirugías, tuve un papel muy destacado como enfermero profesional, al punto de poder hoy tener dos títulos de maestría, porque ninguna fractura de cadera y su recuperación se parece a la otra.

Bueno, frente a la necesidad de implantarle una prótesis al familiar de mi amiga, se abrió un problema, el Hospital Camilo Cienfuegos, principal instalación médica de Sancti Spiritus, no la tenía y no es cosa que se pueda remplazar por algo hecho en casa, un pedazo de madera, una cabilla de hierro, una soga o alambre, etc.

Frente a la necesidad de resolver, el médico ortopédico, en secreto, clandestinamente, porque le podía costar como mínimo su trabajo, le recomendó que fueran al cementerio a extraer de un cadáver conocido la antigua prótesis que poseía, para luego de ser limpiada y esterilizada, poder instalársela a la nueva necesita, cosa que los familiares después de reponerse con la solución, hicieron. Imaginen lo que puede significar ir a un cementerio a buscar un cadáver de alguien conocido para extraerle una prótesis de titanio que fue puesta dentro del fémur. No puedo imaginar lo que deben haber pensado los enterradores del cementerio con los que seguro hubo que contar, porque los cadáveres no están puestos sobre estantes como en los super mercados de auto servicio.

La prótesis llegó al hospital, pero ahí no paró el cuento. La prótesis, que obviamente tienen diferentes medidas, noooooooooooooo sirivióoooooooooooooooooo, era más grande que la que se necesitaba.

¿Qué paso entonces? Nada, “Resistencia Creativa”, según nos dice el Puesto a Dedo Díaz Canel. Les recuerdo que la paciente seguía ingresada y con los conocimientos que tengo en el tema fractura de cadera, sin poder caminar. El hospital seguía sin prótesis nuevas, Trump no dejaba que entraran claro, la señora sufría enormes dolores, podría incluso complicarse con otros padecimientos al tener que estar tanto tiempo acostada, la prótesis resuelta, o lo que es más exacto, robada a un cadáver no servía y la familia, que evidentemente no tenía como resolver con dólares o familiares en el exterior que pudieran comprar una prótesis exacta en Walmart, desesperada. Solución. Volver al cementerio por otra prótesis, lo que al final resolvió el problema. Ya estamos acostumbrados al mercado negro de medicinas, ya sabemos que desde el exterior se envía en muchas ocasiones todo lo que se necesita para atender a un enfermo en Cuba, incluyendo la anestesia, pero la idea de conseguir una prótesis de cadera en un cementerio rompe, mejor hace estallar, todo pensamiento humano. Sólo falta en la entrada de los cementerios el cartel de: No se preocupe, venga y busque su prótesis aquí. Admón.

Esta historia que puede superar cualquier surrealismo anterior, cualquier desastre que existió, que yo me negué a creer y que hice repetir tres veces, con la amenaza que escribiría sobre ella y no quería arruinar mi prestigio de famoso escritor, es cierta.

¿Hasta dónde puede llegar la miseria, el irrespeto, la poca consideración e incluso la deshumanización de un gobierno con su pueblo?, ¿Hasta cuándo esto sucederá?, ¿Qué tiempo queda para que los culpables de todos los desastres paguen?

Qué bueno que mi suegra, mi última fallecida de importancia, fue cremada, no sé a dónde fueron a parar sus prótesis, pero sé que, aunque ya no las necesitaba, hubiera sido complicado enterarme que se las arrancaron, aunque fuera para ponérselas a otro necesitado.

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