Generalmente hablamos de Cuba como un lugar monolítico, único, a veces medio exclusivo, cosa que puede llegar a confundir. En realidad, existen tantas Cubas como cubanos hay. Creo que la añoranza real o inducida, de sentimiento o fingida, nos hace recordar cosas, pedazos de historias, olores, sabores, como recurso para decir de dónde venimos.
Cuba es cada cubano y entonces cada cual recuerda o
inventa los buenos momentos y, en dependencia del cubano, los malos momentos.
Creo que todo esto está aumentado y exagerado, de ahí los comentarios de, este
mango no sabe igual al de Cuba, esta carne de cerdo no sabe como la cubana,
cuando en realidad el último mango que comimos fue hace 25, 30 años, un mango
cualquiera comprado o robado de la mata de un vecino, cuando la carne de cerdo
no formó parte de nuestra dieta diaria y se llegó a comer sólo los días
festivos, incluso muchos no la comían. Carne de cerdo que considerábamos
nuestra y era importada, por ejemplo, de Canadá.
Me maravilla escuchar que se extraña como algo
importante el Malecón Habanero, un pedazo de muro que limita la tierra con el
mar, incluso cuando lo de sentarse en ese malecón no era algo diario. Me llama
la atención lo de extrañar la playa, cuando muchas veces se asistió a ella muy
pocas veces, porque todos los cubanos no nacimos sobre la arena muy cerca del
agua salada. Es como si yo dijera que extraño el Morro de La Habana o la
Fortaleza de la Cabaña, por mucho que me gustan y valoro, tal como si hubiera
pasado dentro de esas fortificaciones toda mi vida, la primaria, la secundaria,
el pre, la universidad, dentro de ellas me hubiera casado, hubiera tenido a mis
hijos, etc. Yo lamento no extrañar Marianao o Guanabacoa que también son Cuba,
menos Camagüey o Las Tunas, por donde muy poco caminé.
Nosotros los cubanos dueños del mejor restaurante del
mundo, cuando no comíamos en restaurantes, las palmas más altas del mundo, como
si no existieran palmas reales en más ningún lugar, la mejor playa del mundo, la
mejor música, el mejor sistema de salud, los profesionales mejores formados del
planeta, etc.
Casi todos hemos convertido la nostalgia en parte de
nuestras vidas. Todos rememoramos momentos felices de nuestra infancia y
adolescencia, por cierto, en mi caso, ya lejanas. Éramos felices, decimos. Fuimos
felices con un solo short, a veces viejo a veces zurcido, fuimos felices descalzos,
fuimos felices cogiendo juguetes una vez al año, en mi caso siempre el quinto y
sexto día, o sea, pelotas y bolas, no mucho más. Fuimos felices saliendo con
ropa prestada de uno de nuestros amigos, fuimos felices reuniendo entre muchos
para poder comprarnos una pizza o unas maltas, teniendo que ir a casa de un amigo
a ver un programa de televisión o escuchar una música en un tocadiscos o una grabadora,
fuimos felices viendo y no pudiendo acceder. Fuimos felices porque íbamos al
zoológico y después de horas de cola, podíamos acceder a unas galleticas porque
ya en ese momento las famosas africanas cubanas se habían acabado. Fuimos felices
caminando y caminando y enganchándonos en guagua por falta de transporte, al
final ejercitábamos nuestros músculos, fuimos felices sentándonos a comer salvajemente
todo el helado comprado por nuestros padres porque no había electricidad para
conservarlo. Fuimos felices porque nos paraban al Sol durante mucho tiempo,
aguantando en la boca un líquido horrible que nos ponían dentro que
decían cuidaba nuestros dientes, al final era gratis.
En realidad, nunca fuimos felices, sólo fuimos niños y
adolescentes con muy poca referencia, conciencia y responsabilidad. Un chocolate,
un refresco, un cumpleaños con globos, un lindo y deseado juguete, son más importante
para un niño que la importante soberanía. Un par de tenis, un paseo agradable,
la posibilidad de invitar a una pareja a un helado, una cama, la seguridad de
las noches, son más importantes para un adolescente que la importante
independencia nacional. No fuimos realmente felices sólo que nos escondieron,
nos confundieron y nos hicieron creer que lo éramos.
Cuando crecimos nos enteramos de que aquello que
nuestros padres y abuelos nos enseñaron, aquello de la honestidad, de opinar,
de decir la verdad o al menos nuestra verdad, poco servía, en realidad
descubrimos que era lo más peligroso que podíamos poseer y tratar de hacer. ¿Para
qué sirvió la verdad en Cuba? Nos confundieron, nos reprimieron, nos ataron, a
algunos los apalearon. Nuestros propios padres nos dijeron, lo que te enseñé no
era tan así, es peligroso, entonces piensa, pero no hables, no lo exteriorices.
Estas equivocado, estás perdido. Vive, pero no pienses mucho, piensa, pero no
lo puedes decir, tienes problemas, todo esto por tu bien, por tu felicidad.
Éramos felices como perros, dicen, pero, tal como en el cuento, no podíamos ladrar.
Y un buen día, descubrimos, algunos antes, otros después,
que, para alcanzar esa felicidad prometida que disfrutaríamos un día junto a
todos los obreros del mundo, tan llevada y traída, quizás para seguir viviendo
como perros, pero poder ladrar, teníamos, como única solución, que irnos de
nuestro país, renunciar a todo y a todos y dejarles el camino abierto a
aquellos hacedores de felicidad que sólo la construyeron para ellos mismos.
Ellos que, viviendo su felicidad, mientras el pueblo se acinaba en solares, se apoderaron de Miramar, Siboney, Nuevo Vedado, por sólo citar en La Habana. Ellos que mientras el pueblo caminaba, se fajaba por entrar en una guagua y se trasladaba colgado por fuera, paseaban en automóviles, en yates, en aviones. Ellos que mientras el pueblo, con mucho trabajo consideraba un gran logro ir un domingo a la playa, pasaban sus vacaciones en el exterior, en el mejor de los casos, los más “humildes” o “segundones” y aquellos que muy inteligente y oportunamente se declararon defensores del proletariado internacional al cual no conocían ni remotamente, en Varadero, los cayos, en yates y catamaranes. Ellos creadores de sus propias felicidades, mientras el pueblo asistía a hospitales inservibles, sucios, con pocos o ningún recurso, se atendían en clínicas y hospitales especiales que siempre existieron sólo comparados con los hospitales del capitalismo altamente desarrollado.
Si, fuimos felices, de una felicidad que en realidad
nunca existió. De una felicidad que se equiparó a la miseria, al inmovilismo, al
conformismo, a la justificación de lo injustificable, a la falta de futuro y
hoy, todavía hoy, tenemos que soportar que nos digan, entre otras miles de
cosas, mal agradecidos por no defender la felicidad que no tuvimos, pero teníamos
que decir que teníamos.
Después de todo este desgaste sólo sentimental, donde
muchos hemos creado la imagen de una felicidad que no tuvimos, siempre aparece
una pregunta: ¿Regresarías a vivir a Cuba? Pregunta concreta de sencilla respuesta.
No o Si. Y es precisamente esa aparente sencillez lo que nos complica la
existencia tratando de encontrar explicaciones. Es muy fácil recordar a Cuba,
desgastarnos en comparaciones, rememorar momentos lindos que existen siempre,
incluso en las peores condiciones humanas, lo difícil es definir frente a otras
personas, ese No o ese Si.
No
regresaría podría ser una respuesta que sólo tiene que ver con la individualidad.
Lo primero que aparece es la crítica de anticubano, antipatriota, de no querer
a la tierra que te vio nacer, como si la tierra hubiera formado parte de
nuestra llegada al mundo. Antipatriota por no extrañar Ciego de Ávila o
Guantánamo, lugares que ni sabemos exactamente dónde quedan. Aparecen ideas
juntas como independencia, soberanía, cubanía, etc., definiciones para altos
profesionales en el mundo de las ideas, todas mezcladas, que, para una persona
dañada, si, todos los cubanos estamos dañados, dejan de estar en primer plano.
¿Con qué se come la soberanía?
No regresaría, no tengo nada allí, ni casa, ni dinero,
ni trabajo, ni intereses. Ni las tumbas donde están mis familiares enterrados,
si es que todavía están y no se han robado o botados sus huesos, no son de mi
propiedad. Jamás podría regresar con 100, 200, 300 mil dólares o más como para
olvidarme de todo y vivir mi felicidad, quizás como la vivió Ernest Hemingway
en su finca “La Vigía”, piscinas, mujeres y grandes fiestas incluidas.
Tengo allí familia, muy querida, los que hacen un
esfuerzo enorme por llegar al final del día, sin saber cómo va a ser el día
siguiente, que no podrán ayudarme, más allá de compartir alegremente conmigo lo
poco que tienen. Familia que no mantengo, pero que, al quedarse en aquel mundo
de felicidades, paradójicamente, yo emigrante que salió un día a correr riesgos,
ayudo desde donde estoy.
Tengo familia a mi lado, hijos, nietas, que más
jóvenes, con menos compromisos con las palmas reales, su respuesta en forma de
pregunta es inequívoca: ¿Tú estássssssssss locooooooooooo? Familia que, no sin
problemas, enfermedades comunes y transitorias, cosas a pagar para lo cual hay
que trabajar, quizás planes no ejecutados hasta hoy sonríen, viven en paz,
engordaaaaaaan.
Si,
me fuera a vivir en Cuba, lo que hablaría muy bien de mi patriotismo, me definiría como un gran cubanazo, pero: ¿A cuál
Cuba?
¿Estamos mal en Estados Unidos? Claro que sí, deberíamos
tener un muy buen salario sin tener que trabajar, deberíamos ser dueños de
yates y jets, deberíamos tener la posibilidad de hacer turismo de gratis, podríamos
y quizás merezcamos tener mansiones a lo largo del país, una para veranear,
otra en la nieve para practicar deportes de invierno, quizás una cabaña en un
bello bosque para ver a los osos y otra casa a 20 metros del mar con un bello
portal a todo alrededor donde las langostas nos visiten todas las mañanas
para dejarse comer. Nos convendría hospedarnos en hoteles cinco estrellas con
muchas mesas buffet sin pagar hospedaje y poder asistir a conciertos con
tratamiento VIP de gratis.
Creo que de la Cuba donde supuse fui feliz no queda
nada. Ella desapareció y sólo es un recurso nostálgico.
¿Estaría dispuesto a renunciar a lo que he alcanzado
en Estados Unidos, que no es mucho para algunos, pero en realidad es muchísimo:
mi trabajo, mi vida junto a mi familia más cercana, a cosas tan terrenales,
para muchos quizás irrelevantes y poco proletarias, mi automóvil, mi casa, mi aire acondicionado central,
mi agua y electricidad seguras las 24 horas del día, mi comida, aquella que
gusto y puedo comprar, entendiendo que no como faisán todos los
días, la posibilidad de andar, conocer, y ser libre, de esa libertad que no es
absoluta e infinita al borde de la anarquía, porque está regida por normas y
leyes, pero libertad?
¿Estaría dispuesto a irme a vivir, no a pasear 10 días
con dólares en el bolsillo, en un país que ya no conozco, donde muy pocos me
conocen, donde los amigos con los que compartí mi imagen de felicidad ya no
están, se han ido o muerto, donde lo que recuerdo y extraño de mi Cuba, Víbora
Park, está tan destruido que no lo reconocería, donde la violencia y la droga barata se está imponiendo como modo de vida?
¿Volvería por aquella imagen de felicidad de mi infancia, a caminar
entre edificios destruidos, en ciudades enteras sin electricidad, en semanas y
semanas sin agua potable, a veces difícil de conseguir para beber, entre la
basura acumulada por meses y meses en las calles, en un lugar donde unos huevos
o una botella de aceite es dos, tres veces el salario de cualquier trabajador?
Tendría que estar loco para hacerlo voluntariamente. Creo que me iría a vivir a Cuba cuando ese país me pueda garantizar lo mínimo que aquí tengo y para cuando eso exista, por muy rápido que suceda, ya no estaré vivo, entonces ..., tal como dice el viejo refrán, "no vale la pena llorar por la leche derramada".




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