lunes, 10 de agosto de 2026

680.- Si esto era lo correcto, ¿por qué nos obligaron a esperar toda una vida para reconocerlo?

Sigo leyendo para aprender. Ahora reproduzco para los que me leen algo que me ha llegado desde y sobre Cuba.

Ahora si conozco al autor porque viene reconocido junto al escrito y no es cualquier persona, llamando a cualquiera, primero a mí mismo, luego a otro cubano que desde lo que vive y siente se manifiesta.

En este caso el autor es Israel Manuel Fagundo Pino sobre el cual al buscar me he encontrado que trabaja como doctor en el Hospital Universitario General Calixto García y es miembro de la Sociedad Cubana de Psiquiatría, por lo que si le sumo todo esto a la edad que parece tener en la foto que encontré, alguna experiencia, a lo mejor mucha experiencia debe tener en la relación con humanos y el tratamiento de los problemas que un día cualquiera de nosotros puede tener.

Creo que lo que aquí nos cuenta, no es un fenómeno exclusivo de Cuba, donde evidentemente él tiene más experiencia práctica, sino que son fenómenos que se presentan en los seres humanos en cualquier lugar y momento donde las condiciones son, al menos, inapropiadas para el desarrollo humano, que como sabemos está relacionado directamente con el cerebro.

Por todos es conocido, o al menos debería serlo, que las enfermedades del cerebro son extremadamente complejas, muchas difíciles de conocer y resolver y que pueden llevar incluso a la muerte provocada. No sólo el cáncer y los infartos matan.

Claro que el tema se refiere a Cuba, porque lamentablemente el pueblo cubano ha llegado a dónde ni por asomo pensamos que se llegaría y los daños, más que evidentes hoy, rebasan el asunto del bienestar físico.

Esto resulta muy complejo, peligroso y lamentable, porque hoy el cáncer se puede eliminar, si se trabaja a tiempo y el cuerpo responde, también los infartos que antes mataban sin remedio hoy son prevenibles y tratables salvándose la vida, incluso en varias ocasiones al que los padece, sin embargo, una afectación emocional, del cerebro, que aparentemente no se ve o deja grandes huellas puede durar toda la vida, incluso acortarla muchas veces.

No hay nada peor que la depresión, la perdida de objetivos, el malestar que no se sabe de dónde viene y cómo solucionarlo. No hay nada peor que las personas pierdan la orientación, el futuro y que prefieran morir lenta o rápidamente por pensar que no tiene cómo mejorar.

La historia está llena de personas que nacen con deformidades, con limitaciones y, sin embargo, la fuerza de voluntad y el cerebro los hace realizar grandes hazañas, que uno mismo, aparentemente entero y sano, no se ve realizando y menos logrando. La falta de interés por la vida, la no posibilidad de ver que se tiene la solución, hace que ya la tengas perdida.

Que los cubanos estamos enfermos, unos más otros, al menos aparentemente, menos, no es nada nuevo. Todo pueblo, con cualquier idioma, con cualquier estatus económico, que llega a vivir como lo está viviendo el cubano, sin solución a corto o mediano plazo, sin poderse salir fácilmente de una isla que se ha convertido en cárcel, se enferma.

Los cubanos de adentro, obvio, los más afectados, viven dentro de una terapia intensiva conectados a aparatos controladores, los cubanos de afuera viven detrás de un cristal sin aparatos por el momento, mirando a su enfermo, algunos rezando y pidiendo a algún dios, otros deseando que la ciencia actué y que salve a su enfermo. Ninguno puede estar tranquilo, ninguno puede estar contento.

Y pensar que todo esto, más allá de los daños que ya existen, puede ser solucionado. Lo primero sería eliminar, destruir, hacer desaparecer el capricho que es lo único que queda fuerte.

Aquí les dejo el artículo, sigue siendo reconfortante encontrar respaldo a las ideas que se tienen. Espero que el Dr. Manuel no se disguste por mi publicación.

"Los cubanos estamos en estado de supervivencia psicológica".

 Por: Israel Manuel Fagundo Pino

"No es cansancio. No es falta de fe. Es agotamiento profundo.
Día tras día, millones de cubanos despertamos y lo primero que hacemos no es planear el futuro, sino preguntarnos: ¿hay comida para hoy? ¿hay agua? ¿cuántas horas de luz tendremos? ¿podré conseguir el medicamento que necesito?
Eso no es vivir. Eso es sobrevivir. Y cuando el cerebro humano se instala en modo supervivencia, todo lo demás se colapsa.
Desde la psicología y la psiquiatría, observamos con preocupación cómo la crisis material se convierte en crisis emocional. Las carencias que mencionamos - alimentos, medicinas, apagones prolongados, inflación imparable, deterioro de los servicios médicos y problemas ambientales- no solo dañan el cuerpo. Dañan la mente.
Estas son algunas de las consecuencias que ya estamos viendo en las consultas y en las comunidades:
● Hipervigilancia constante: El cerebro permanece en alerta permanente, lo que agota los recursos energéticos y genera ansiedad crónica.
● Desesperanza aprendida: Cuando las soluciones no llegan, muchas personas dejan de intentarlo, cayendo en apatía y depresión.
● Irritabilidad y conflictos familiares: El estrés sostenido rompe los lazos afectivos; aumentan las discusiones y la violencia intrafamiliar.
● Duelos anticipados: Perder seres queridos por falta de atención médica o medicamentos deja heridas que no cicatrizan.
Y de repente, un día, ya viejos y cansados, nos levantamos y descubrimos que casi todo está autorizado.
Tener negocios más grandes, asociarse, invertir, crecer, contratar más trabajadores, abrir nuevas empresas, comerciar con el exterior...
Y entonces recordamos que cuando teníamos juventud, fuerza, talento, disciplina y deseos de salir adelante, muchas de esas cosas estaban prohibidas o severamente limitadas.
Miramos hacia atrás.
Pensamos en los proyectos que nunca nacieron, en las oportunidades que dejamos escapar, en los años que pasaron esperando permisos, cambios o aperturas que nunca llegaban.
Y movemos la cabeza de un lado a otro.
Porque ya no estamos hablando de errores económicos.
Estamos hablando de vidas.
De generaciones enteras a las que les dijeron que no se podía, para terminar, reconociendo décadas después que sí se podía.
De hombres y mujeres que no fracasaron porque les faltara talento o voluntad, sino porque alguien decidió por ellos hasta dónde podían llegar.
Y esa es quizás la parte más difícil de explicar.
Porque el dinero perdido puede recuperarse. Las empresas pueden abrirse. Las inversiones pueden llegar.
Pero nadie puede devolverle a un pueblo los años que le hicieron perder.
Nadie puede devolverle la juventud a una generación.
Y ninguna reforma, por profunda que sea, podrá borrar una pregunta que seguirá acompañando a millones de cubanos:
Si esto era lo correcto, ¿por qué nos obligaron a esperar toda una vida para reconocerlo?"

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