Yo no estoy muy convencido de que Miami, tal como repite la tradición entre cubanos, se deba a una creación y participación exclusiva de los antiguos pobladores de la isla caribeña, creo que ha habido mucho de otras nacionalidades y por supuesto muchísimos norteamericanos, a partir de que la terrateniente, agricultora de cítricos, Julia Tuttle convenció al magnate ferroviario y constructor de carreteras Henry Flager para que extendiera el ferrocarril hasta allí, una zona salvaje en 1896.
Lo que sí creo es que Miami es nuestra segunda patria
por excelencia, a pesar de que tenemos cubanos regados por todo el mundo,
incluyendo los lugares más lejanos y menos imaginables, desde Alaska, Siberia,
Egipto y Australia. Todo esto permite la comparación, sin escándalos grandes.
Es cierto, a Miami básicamente llegaron algunos
cubanos con dinero como grupo, lo que les permitió insertarse más fácil y crear
o engrosar riquezas nuevas, pero también es cierto que después de ese “selecto”
grupo, básicamente los que abandonaron la isla muy al principio de la
revolución castrista, que fueron propietarios de empresas que en 1959
funcionaban, propietarios de cuentas en los bancos cubanos y norteamericanos,
quizás con conexiones empresariales en Estados Unidos, los que hemos venido
llegando después, lo menos que pudimos traer en nuestras maletas fueron muchos
dólares, porque no los teníamos. Llamo la atención que $5.00 o $100.00 dólares e
incluso $1000.00 dólares no es el dinero del que hablo como para construir
algo.
Imaginar cuánto dinero puede traer arriba el que llega
en una balsa de madera o el que estuvo tres, cuatro meses cruzando selvas,
ríos, fronteras desde diferentes puntos geográficos de América del Sur hasta
llegar a la frontera norteamericana. Cuánto puede traer el que se fuga de una
misión médica o el que abandona una beca en uno de los llamados terceros países.
En el año 2007 cuando abandoné definitivamente Cuba
logré llegar a República Dominicana, llevaba la simbólica cifra de $200.00
dólares que entregué a mi hija Jennifer después de los besos y abrazos, Cuando
recogí a mi sobrino Ian aquí en San Antonio, después de que vio los volcanes
nicaragüenses, sólo tenía un pantalón roto, unos tenis enfangados y un sobre
con papeles.
Después de aquel grupo “selecto” que se dio cuenta de
lo que venía y prefirió emigrar voluntariamente muy al principio de la
revolución, dejando el camino abierto a los usurpadores armados, el resto, en
todas las oleadas ocurridas y de todas las formas, incluso las inimaginables,
hemos llegado a trabajar, muchas veces más y más fuerte que en nuestro país de
origen. Hemos venido y olvidado nuestros títulos académicos, nuestra
experiencia para hacer cualquier labor, construcción, agricultura, fábricas,
limpiezas, con el objetivo de sobrevivir y lo paradójico es que, acabados de
llegar, sin mucho conocimiento del entorno, sin contactos previos, esos
trabajos nos han permitido no sólo existir, sino también ayudar e incluso
mantener a los que hemos dejado atrás.
Los cubanos, en su gran mayoría porque siempre existen
excepciones, no hemos sido grandes inversionistas, no hemos podido sacar dinero
de Cuba, porque, repito, no lo teníamos. Cuba y su proceso revolucionario,
entre otros desastres, logró convertir a todos en pobres, por tanto, si de grandes
cantidades de dinero hablamos, los que llegaron con él o lo hicieron aquí muy
rápido, siguen siendo una pequeña minoría, que quizás tenga mucho dinero, pero
minoría.
Lo que si hemos venido los cubanos es a trabajar y entonces
es ahí el mérito en la colaboración de la construcción de Miami por excelencia
como segunda patria y otras muchas ciudades.
Conozco del tema porque mi primer trabajo, no en
Miami, sino en Nebraska, recién llegado a este país, fue en una fábrica de
jamones, sobre lo cual ya he escrito, dejo abajo el enlace para los que quieran
conocer cómo funciona ese giro, trabajo casi inhumano, desarrollado
mayoritariamente por inmigrantes, para mí sólo comparado con trabajos extremos en
canteras de piedra, construcciones en lugares y condiciones muy difíciles, mataderos,
fundiciones de metales, etc., y así y todo siempre lo agradeceré; él nos
permitió vivir.
Crucé la frontera entre México y Estados Unidos con
menos dinero del que un día llegué a República Dominicana, era más joven de lo
que soy hoy y venía a trabajar, por lo que ni pude escoger, ni nadie miró mi
curriculum, menos tenía contactos en el cómodo mundo empresarial que me
garantizara una oficina con aire acondicionado. Gracias a mi hermano Ruso, muy
rápido conseguí trabajo en lo que él pudo ofrecerme, sumándole además el frío
invierno de Nebraska.
Gracias a ese brutal, agresivo, fuertísimo trabajo, a
los días, con mi primer salario, junto al de mi hijo Jonathan, que también
trabajaba en el mismo lugar, nos independizamos y rentamos nuestro primer
apartamento, gracias a ese trabajo compramos nuestro primer carro, comimos y
comenzamos a disfrutar conociendo una zona extremadamente diferente en todo a
lo que conocíamos y teníamos como referencia. Gracias a ese trabajo, transformamos
la carne cruda de cerdo en jamones que fueron a parar a los supermercados y
tiendas, que luego fueron comidos por los ciudadanos de este país, porque, como
es obvio, existen jamones gracias a que alguien con un trabajo muy duro, los
produce.
No puedo reproducir la historia de Miami, no la
conozco al detalle y no vivo allí, lo que, si puedo decir, que cuando ya Cuba,
al menos sus ciudades más importantes, La Habana, Santiago de Cuba, Matanzas,
Cienfuegos, Camagüey, era un lugar próspero económico y culturalmente, Miami
era un pantano con cuatro calles y un destino de ferrocarril. Cuando ya Cuba
exhibía, plazas, urbanizaciones bien diseñadas, palacios, cines, teatros,
restaurantes y clubes, universidades, más caña, café, cacao, producciones agropecuarias,
industrias nacionales, todo de la cual debemos a los cubanos y por qué no un
poco o mucho a España, Miami sólo albergaba a un reducido número de familias y
cocodrilos.
¿Qué pasó entonces? Bueno sencillo de entender. Miami, pequeña ciudad del estado Florida, sólo se insertó en un proceso lógico de desarrollo. No sin problemas, porque los problemas, sobre todo, económicos, siempre existen, allí no se inventó nada, sólo adaptaron las ventajas y las reglas existentes y las tomaron para sí, en no pocos casos la desarrollaron.
Hoy Miami, ya dije que no vivo allí, pero tengo a muy
cercanos familiares allí adentro, se ha convertido en una de las ciudades
más importantes de toda la Unión. Miami, famosa hoy, ha pasado de ser un
pantano con cuatro calles no hace mucho, a convertirse en una gran ciudad internacional,
productora, con una gran industria de turismo. Miami es hoy la casa de muchos
multimillonarios de todos los sectores, que han escogido ese lugar, dentro de
los millones de otros lugares que existen en este país, por su nobleza, su
riqueza, su ubicación y lo que esto trae en el clima, por sus ventajas.
Miami es el lugar donde muchos de sus detractores no paran de criticar, pero no se van de ella. Creo que Miami atrapa y todo eso, la lucha diaria de millones de personas, donde los cubanos, es cierto, tenemos algún papel protagónico, vive a su ritmo, quizás diferente al de Chicago, Kansas, Arizona, pero vive.
Por el contrario, mientras Cuba y sus principales
ciudades eran ya reconocidas por su esplendor durante la época republicana, desarrollo
que no se logró en un día obviamente, sino como resultado de los cubanos, con
un funcionamiento y desarrollo, para su estatus e historia, meritorio, se hizo
una revolución en 1959, que muy rápido tendió al comunismo, organizada por un
grupo reducido de personas que se propuso cambiarlo todo, a partir de caprichos,
improvisaciones, experimentos, a tal punto que hoy, seis décadas después Cuba
sólo exhibe una gran miseria.
Cuba no es sólo la muestra de cómo se puede destruir
un país totalmente, sino es la mejor muestra, dolorosa de cómo se puede
destruir a los seres humanos.
El asunto de Cuba, el más importante y difícil, no es la pobreza económica, aunque ella es definitoria; pobreza siempre ha existido, pobreza, aunque hoy nadie lo pueda creer, existió en los Estados Unidos, sin embargo, de la pobreza, cuando los mecanismos colaboran, lo permiten, existen, se puede salir, sobran los ejemplos, de dónde no se puede salir es de la pobreza humana, de la pobreza del pensamiento, de la incredulidad de que pueda existir un momento mejor, de la falta de esperanza, de la falta de un futuro alcanzable dentro de un espacio y tiempo limitado.
Pobreza que obliga a las personas a emigrar, pobreza
de que los padres y abuelos, estimulen, bajo sufrimiento, que sus hijos y
nietos abandonen sus orígenes, sus entornos, sus familias, a cambio de al menos
tratar de salvarlos, aunque corran el riesgo de no volverlos a ver.
La familia cubana es por su conformación una familia
con fuertes bases españoles, patriarcales, hasta quizás medio feudal aún. La familia
cubana, fue siempre unida, todos junto a todos, generaciones y generaciones que
se veneraban por la simple existencia, abuelos, padres, hijos, nietos, que
necesitaban de verse, de poseerse. Cuando una familia, con nuestras
tradiciones, como única solución viable, prefiere separarse y enviar a sus
hijos hacia el exterior, todo está destruido. Con la separación, se puede comenzar a comer mejor, se pueden resolver algunos de
los problemas más acuciantes de la vida, se puede en buen cubano, “escapar”, pero
las personas están rotas y esa destrucción, que sólo aumenta el deterioro, porque
los humanos no somos cerdos de granja, se convierte en la peor miseria.
La diferencia entre Miami y Cuba está precisamente ahí.
Las personas llegaron y llegan a la ciudad norteamericana ilusionados con que podrán
mejorar, dispuestos a trabajar en cualquier cosa, confiando en que los mecanismos
que existen funcionan, decididos a arriesgarse y aprender, porque los cubanos
de esta última etapa no sabemos en realidad nada de nada por muchos títulos que
pensamos tener. Los cubanos que quedan en Cuba no confían, cansados de probar y
probar, agotados de resistir no un día, no una semana, sino décadas y más
décadas, no encuentran la punta del hilo, porque no existe.
Los mecanismos de poder que existen en Cuba, después de repartir migajas al pueblo, sólo están creados para poseer el poder. Puede resultar increíble que todavía, quizás como recuerdo sentimental, quizás porque reconocer la derrota duele, todavía hoy personas hablan de Fidel Castro, cuando el “amigo” no tiene en su historia un proyecto de éxito. Todos los planes que se implementaron o trataron el menos de poner a funcionar, bajo su exclusiva, única y absoluta dirección, fueron un fracaso. En el plano económico, Fidel no logró hacer funcionar absolutamente nada.
Su única experiencia estuvo en la muela, discursos tras
discursos, promesas tras promesas, a malgastar el gigantesco mantenimiento que
recibió años tras años desde el exterior, a inventarse guerras, guerrillas en
todos los confines del mundo, a crearse una imagen de salvador único que le
permitió morir en paz en su casa y nada más. Cuba hoy no tiene azúcar, habiendo
sido la azucarera del mundo, ni sal, siendo un archipiélago, que es más que una
isla en medio del mar.
¿Somos malos los cubanos?, ¿Somos vagos?, ¿Somos una
mugre inmejorable, chusma, gritona, inculta?, ¿Somos anormales y mongos? Nada de eso, somos sencillamente
el resultado de un gobierno, de un sistema, que durante casi 70 años nos
destruyó. Nos enseñó a mentir, nos enseñó que no era necesario trabajar porque
delinquiendo a al menos no trabajando oficialmente se podía vivir mejor.
Los cubanos aprendimos, obligados, que era mejor el dólar
norteamericano que el peso cubano. Los cubanos aprendimos que era mejor
prostituirse, de todos tipos de prostitución, que no es la única la del cuerpo,
para tratar de vivir mejor, lo que muchas veces significa comer.
Es ahí dónde radica la mayor diferencia, Miami es una
ciudad donde cabe la ilusión, sentimiento que en Cuba se perdió. Miami es y
será más grande, a pesar de los problemas dentro de ella. Cuba, de seguir como
va, sólo dará paso a la destrucción colectiva, los asesinatos como muestra de
la violencia como solución, a un pueblo enfermo del cuerpo y sobre todo de la
cabeza.
La miseria temporal como resistencia puede ser vencida, la miseria como modo de vida no.
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