miércoles, 22 de julio de 2026

676.- Desesperanza inducida o indefensión aprendida.

Pobres de aquellos que, por edad o experiencia real, piensen que ya lo han visto todo. Nuca se termina de ver. Aprender es además de todo, siempre agradable.

Más agradable resulta cuando uno puede dar nombres a las ideas que tiene, conceptualizarlas y descubrir que no se está tan desorientado y se puede encontrar soluciones lógicas a determinados procesos, quizás incomprensibles y criticados para algunos que aspiran que la vida real transita dentro de un laboratorio.

Hace unas semanas escuché a un cura cubano que vive en Cuba, que estaba celebrando sus 50 años de sacerdocio mencionar la desesperanza inducida, también conocida como indefensión aprendida, nada nuevo, pero el sólo escucharlo en la voz de otra persona hace pensar.

Hay una reflexión que se me ocurre siempre, que puede ilustrar algo de esto, quizás para describir lo que a veces nos puede parecer inexplicable.

Un elefante adulto, que si es africano puede llegar a pesar hasta 7 000 kilogramos, a diferencia de su primo hermano el asiático que puede llegar a alcanzar 5 000 kilogramos, pasa su vida de ocio generalmente amarrado con una fina cadena o soga a un árbol o una estaca de madera enterrada en la tierra y es dirigido por un hombre con una vara de madera, que a veces no pesa más de 100 kilogramos.

Al menos yo siempre me pregunto, por qué ese enorme animal que en libertad puede ser extremadamente agresivo y desarrolla una fuerza que puede virar un automóvil lleno de personas, no es capaz de soltarse, darle un trompazo a su dueño y huir a la vida libre.

No lo puede hacer y la respuesta no está en la posibilidad física, sino precisamente en una condición que hoy la ciencia llama desesperanza inducida o indefensión aprendida.

Ese elefante nace amarrado con una cadena o soga en una de sus patas a una estaca de madera y no se le ocurre que otra situación pueda existir. No puede desear ser libre porque no sabe que la libertad existe. ¿Cómo es que el elefante no puede desprenderse de la cadena y la estaca de palo y dale una patada a su dominador?

Recuerdo en mis clases de historia en la universidad cuando algunos profesores, tratando de encontrar importancia en hasta los mínimos detalles, describían, repitiendo los libros, que los esclavos radicalizaron su pensamiento y se incorporaron a las luchas contra España convencidos de que la independencia era la única solución.

Estudiemos el real proceso de cómo me parece más real y lógico debe haber ocurrido.

Los esclavos, muchas veces hijos de esclavos y nietos de esclavos, habían tenido como única vida su realidad, muy parecida a la de los elefantes domesticados. Sus amos, primero le dieron un nombre “cristiano”, les facilitaron un idioma a través del cual comunicarse más allá de las señas o sus primitivas lenguas africanas, una religión “moderna” más allá de creer en una piedra, un pedazo de palo o hierro, los vestían, les daban comida, los atendían con medicamentos y médicos porque, perder un esclavo más allá del posible sentimiento humano significaba perder dinero, les permitían casarse o al menos juntarse, parir y criar a sus hijos, que obviamente nacían también esclavos. Algunos, con más suerte, se preparaban en labores domésticas o artesanales y otros, con mucha más suerte, lograban algunos estudios, aprendiendo, por ejemplo, a leer y escribir e incluso a hacer música.

Para esos esclavos, en sentido general, porque siempre existieron excepciones que trataron de cambiar al menos su realidad, no existía más vida fuera de los bateyes y los ingenios donde nacieron y se criaron. Cuba para ellos era ese pedazo de tierra que llegaba sólo a dónde abarcaban sus ojos. No existía más vida fuera y lejos de sus amos, que, es cierto, que los explotaban, pero también eran los proveedores de todo.

Entonces un día, su proveedor, digamos Carlos Manuel de Céspedes, por mencionar a alguien conocido entre cubanos, decidió luchar contra el dominio español, del cual los esclavos ni idea tenían que existía; reunió a sus esclavos, claro no eran más de 20, y les dijo, ahora son libres, ya no van a ser más esclavos, cojan ese camino y váyanse a disfrutar su libertad.

¿Coger el camino para ser libres?, ¿Qué significaba la palabra libertad?, ¿Y quién proveería la comida, quién daría medicinas frente a enfermedades?, ¿De qué se viviría si sólo sabían ser esclavos y quizás fabricar azúcar o recoger café?

Pues creo que los esclavos se miraron y le dijeron al hasta ese momento su amo, usted va dice a luchar en una guerra, pues nosotros nos vamos con usted. ¿Hay comida y café allí? Entonces se convirtieron en guerreros y así salió Cespedes, blanco, medio rico, intelectual que en realidad no vivía de la producción azucarera y que había tenido tiempo para convencerse de que el camino era luchar contra el imperio colonial español, seguido de su “enorme” ejército, un puñado de negros ex esclavos, que según parte de la historiografía menciona, habían radicalizado su pensamiento ideológico y comenzaron a luchar por una Cuba a la que no conocían.

¿Por qué los esclavos, hijos y nietos de esclavos no se pusieron de acuerdo y se liberaron solos antes, mandando a Céspedes al demonio?, ¿Por qué los esclavos esperaron por Carlos Manuel?

Por lo mismo que el elefante espera a qué su dueño lo separe de la cadena, lo lleve a la orilla del bosque y le de unas palmaditas en sus grandes nalgas para animarlo a que camine hacia la libertad y comience a correr el riesgo de buscarse comida, agua, etc., la desesperanza inducida o indefensión aprendida.

El psicólogo Martin Seligman hace más de 50 años, partiendo de un estudio con animales, luego profundizado en humanos, define que algunos individuos tras sufrir frecuentes fracasos o castigos repetidos se vuelven pasivos y se rinden, porque aprenden, quizás erróneamente, pero aprende, que son incapaces de controlar y cambiar sus situaciones.

Generalmente son individuos, animales o humanos, donde el estrés, la depresión y la pasividad se convierten en las reacciones únicas frente a abusos y desigualdades.

Humanos que aprenden a comportarse pasivamente, con un pensamiento de que no tienen la capacidad para hacer nada, menos cambiar su realidad, evitándose de esta forma situaciones complicadas y desagradables. En resumen, los humanos que viven de esta forma conviven con una situación incontrolable y escogen vivir pasivos o pacientes en vez de tratar de cambiar el contexto y por tanto mejorar su situación. Se autoconvencen sobre todo de que es preferible seguir como están, porque cualquier cosa que hagan por cambiar su situación resulta inútil, sólo logrará más sufrimiento.

Este comportamiento de individuos por separado se complica cuando llega a convertirse en el sentimiento de grandes masas. Si algo limita a los pueblos es que se instale en sus vidas, la idea de que, para evitar sanciones, presiones, torturas, etc., es preferible mantenerse pasivos y de forma consciente no hacer nada, por el simple riesgo de que se estará peor. Es una condición humana que puede llegar incluso a una enfermedad del cerebro más compleja que termina inmovilizando al cuerpo.

Muchos pueblos, sobre los cuales me niego a pensar que sean anormales, porque primero, los pueblos no son anormales por definición y segundo, porque están vivos, detectan muy rápido que su vida empeora. Poco a poco descubren que se van limitando sus posibilidades, poco a poco concluyen que no es que no puedan acceder a nuevas vidas con todo lo que eso lleva adentro o significa, sino que van perdiendo lo mucho o poco que tenían. La sabiduría popular, no necesita de grandes tratados o discursos, a veces, sólo se necesita una expresión de una cara para descubrir cómo se está.

Puede existir y de hecho existe un período de ilusión y esperanza, pero, sobre todo, en aquellos lugares donde la propaganda es absoluta y monopólica y se establece el castigo físico o moral como el poder, se pierde esa ilusión y esperanza como guía humana. Los pueblos, esos mismos que en determinado momento lucharon por mejorar y lo lograron, se enferman, dejan de pensar y sobre todo de actuar en busca de su mejoría, a pesar de que esa mejoría, no sin riesgos, se le muestra alcanzable.

Pueblos enfermos no ven esa mejoría, no conciben o creen que existe, por tanto, escogen vivir pacientemente en cautiverio, esperando las decisiones que otros toman por ellos.

La desesperanza inducida o indefensión aprendida, tal como se describe, es la verdadera causa de la inmovilidad. Los pueblos, resumen de individuos más individuos, determinan y trasmiten que no se puede hacer nada para cambiar su situación, tienen entonces que seguir viviendo como están, porque sencillamente eso es lo que tocó, entonces comienzan a encontrar justificaciones y lamentaciones sólo para darle crédito a su pasividad.

¿Podría una sola persona, quizás cie, luchar contra un gobierno que no lo representa, defiende o beneficia y derrocarlo? No, es obvio, los gobiernos desde que se inventaron se crean y tienen los mecanismos para permanecer, pero un millón, tres millones, sí.

¿Por qué entonces resulta tan difícil reunir a esos millones? Bueno, puede ser una reunión o acumulación de factores, la falta de un liderazgo serio y decidido, el cansancio y la desorientación colectiva, etc., donde la desesperanza inducida o indefensión aprendida tiene un gran peso.

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