miércoles, 4 de diciembre de 2013

Farmland. The Nightmare. (segunda parte)

¿Cómo es el proceso? Pues bien sencillo, las piernas de puerco crudas, llegan en rastras desde diferentes lugares de este país, dentro de unas enormes cajas de cartón a las que se les llama combo, pesando, más o menos entre 15 y 17 libras cada una. Los combos son depositados en una máquina que los mueve hacia los inyectores. Estos inyectores, que no se rompen nunca, con no sé cuántas agujas, le inyectan la salmuera, un líquido muy salado y medio turbio, que con el tiempo llega a convertirse en abrasivo y quema. Al salir de esos inyectores que no se rompen, las piernas se trasladan sobre unas esteras chorreando líquido todo el tiempo, hasta los cuernos, máquinas donde se les mete dentro de una funda de tela, con presillas a ambos lados y de ahí vuelven a las esteras para ser colgados.

Entonces entramos nosotros en acción. La misión era coger la pierna de puerco, ahora con aproximadamente 27 o 30 libras, producto del líquido inyectado y ponerla en una estructura de hierro, llamadas árboles de jamón,  que tienes a tus espaldas.

Los árboles de jamón tienen 5 divisiones o pisos. El trabajador que está abajo es encargado de llenar los dos primeros pisos, de abajo hacia arriba, primero el frente y luego darle la vuelta para poner piernas por detrás. En total pone 24 piernas. Cuando termina, empuja el árbol para que lo cojan los de arriba. Entonces los de la plataforma alán el árbol y son los encargados de poner primero 18 piernas, darle la vuelta y poner las otras 18 piernas restantes. En total 60 piernas de puerco, que suman con árbol y todo cerca de 2000 libras.

Teóricamente parecía fácil, pero, la primera pierna de puerco que cogí, se me cayó de las manos, la segunda, se me cayó de las manos, no había forma de que pudiera cogerla de la estera y colgarla en el árbol. Miraba a Jonathan, tratando de mantener la cordura de papá trabajador y fuerte y me parecía que él estaba en lo mismo, luchando para que las piernas no se les fueran de las manos. La tercera pierna se me resbaló también. Puede parecer exagerado, pero es exactamente la verdad de lo que ocurrió. Debo recordar que he tenido la suerte de trabajar toda mi vida, desde que era casi un niño, con las manos, lo que desarrolla ciertas habilidades y crea ciertas posibilidades, no obstante tuve que ponerme fuerte, porque los primeros intentos fueron fallidos. Entre la funda sin mucha holgura para el agarre, el peso de casi 30 libras y las piernas chorreando líquido, aquello se convertía en algo casi imposible.

 A mí me parecía que todo el mundo me estaba mirando. Como era el nuevo, era de suponer que la mitad de la planta estuviera observando mis posibilidades y entonces era peor. Luego la presión aumentaba porque las piernas no se pueden caer al piso y enseguida que esto ocurre tienes a alguien al lado que, con gestos poco amistosos, te anima o regaña, nunca lo llegas a saber bien.  A esa hora da lo mismo.

El cuento es peor, porque si esto fuera una sola vez en la mañana, no hubiera problemas, pero lo que pasa es que las piernas vienen por la estera para arriba de ti, cada un segundo y medio, o sea, si te demoras en coger la pierna de la estera, si te trabas a la hora de ponerla, si se te caen y te entretienes con lo ocurrido, cuando viras  la cara al frente tienes un tremendo rollo formado sobre la estera. Las piernas comienzan a amontonarse, a trabarse, incluso a caerse y entonces sí que estas en problema. Lo de alguien a tu lado que te anima desaparece y los gestos son siempre de regaños. La única persona amorosa en todo esto era el Ruso, responsable de nosotros, quizás apenado por el duro trabajo, siempre venía con cariño.

La idea sencilla de coger la pierna, virarte y colgarla en el árbol, se transforma en una pesadilla, pues las piernas no dejan de llegar y no puedes parar la producción. Cuando se amontonan frente a ti y se encaraman unas sobre otras, es peor, porque entonces no puedes ni sacarlas de la línea. A uno le parece que todo el mundo lo está mirando y sientes que la presión aumenta. Las piernas no traen una argolla para colgarlas, ni tan siquiera la funda está diseñada para tal función. Los arboles tampoco están acondicionados, así que lo de colgar es sencillamente agarrar la pierna de puerco como puedas y meterla a la fuerza sobre los barras de acero de los árboles. Al principio te vez agarrando las piernas empapadas con los dos manos, los dos brazos, la barriga y el pecho y tirándola, literalmente tirándola, contra el árbol para ver si tienes suerte y se quiere quedar ahí. Lo otro, lo de la profesionalidad al principio, es un cuento

Como no todo es perfecto, a veces las piernas de puerco vienen a medio meter dentro de la funda de tela, o las telas vienen rotas o peor, a veces viene dos o tres piernas unidas por la tela y entonces los que trabajan sobre la plataforma de arriba, además de colgar las piernas, girar el árbol y empujarlo para sacarlo de la línea, tienen la misión de desvestir la pierna, quitarle la tela, separarlas y tirarlas para otra estera para que vuelvan a pasar por los cuernos. No puedo reproducir con palabras lo que ocurre. Sería perfecto poderlo filmar y así y todo no es lo mismo que vivirlo, mejor dicho sufrirlo.

Los primeros días fueron agotadores. Jonathan y yo sólo nos reuníamos en los recesos o la hora de almuerzo para fumarnos un cigarrito, a veces dos de corredera, antes de volver a entrar. Pero como el tiempo lo resuelve todo, poco a poco fuimos cogiendo el ritmo de máquina. Empezamos a trabar los jamones y colgarlos bien en los árboles, empezamos a tener tiempo incluso para ayudar a uno de nuestros compañeros de estación, porque el hombre a todo se acostumbra y si del cielo te caen piernas de puerco, pues aprende a colgarlas en el árbol.

Como el trabajo es muy, pero muy fuerte, se utiliza un sistema de rotación para que la gente no se funda. Entonces se intercambian las líneas y las posiciones dentro de ellas y aunque sigues colgando jamones sientes, al menos en los primeros momentos, el beneficio del cambio.

La otra tarea que te permite descansar un poquito es empujar árboles. Los arboles cargados de piernas de puerco son sacados de la línea con un empujón bestial o salvaje por los cargadores y entonces hay que empujarlos por toda la planta para llevarlos a la pesa, donde se les contabiliza y luego hay que seguirlos empujando hasta las casas de humo para que sean cocinados durante 12 horas. La tarea de empujar árboles en comparación con la de colgar piernas es una “bendición”. A pesar de las casi 2000 libras que estas empujando, el trabajo te permite moverte de un lugar a otro, cogerte unos segundos, exactamente unos segundos, entre un árbol y otro y quizás hasta echar un descansito a la sombra de un árbol.

No deja de ser complicado porque la planta es una planta vieja, los arboles están colgados de un rail desgastados con diferencias entre ellos, las ruedas se traban, hay que cambiar switch en los raíles para llegar a los lugares destinos, y sobre todo, al estar las piernas colgadas chorreando líquido, todo el tiempo estas mojado, por momentos empapado de la salmuera de color turbio, a tal punto que cuando empujas árboles te da la sensación de que está lloviendo sobre ti. No obstante, con todo lo viejo de los raíles y las ruedas de las árboles, las casi 2000 libras de peso y la mojadera, es preferible empujar árboles que colgar piernas de puerco.

Nuestro amigo Richard, hermano del Ruso que trabaja en otra planta de carne en Oakland, Iowa, siempre me dice que se empieza a valorar cada segundo de tu jornada laboral y es muy cierto. Cuando paras por segundos o escasos minutos sientes el descanso. Cuando se rompe una máquina, hay demora en la descarga de las piernas o se forma algún lío y hay que parar, sientes como si estuvieras de vacaciones. La simple conversación con alguien que te está explicando algo o el tiempo que transcurre entre que estas en un lugar y te mandan para otro, es sencillamente adorable. Aquí si cada minuto cuenta.

La planta tiene dos turnos de trabajo, uno que comienza las 7:00 am y el otro que comienza a las 4:30 pm. Todo el tiempo sin parar, solo los escasos minutos que dan para el receso en la mañana y el almuerzo.

En temporada alta, o sea, de mayor consumo de jamón, ésta planta procesa 1 000 000 de libras de carne de puerco diariamente. İUN MILLON!!!!!!!!!!. No sé exactamente de dónde sale tanta carne, no puedo llegar a representármelo.

Para los pocos conocedores o los que fueron muy afectados por el llamado Período Especial en Cuba,  les recuerdo que los puercos solo tienen dos piernas traseras que son las que se utilizan para hacer jamón, al menos en esta planta, o sea, solo dos piernas traseras por puerco, lo que me hace pensar en la cantidad de puercos que hay que criar y luego matar para mantener este ritmo. Más complicado el pensamiento porque esta planta es solo una de las doce plantas que ésta compañía tiene en todo el país. ¿De dónde sale tanto puerco? ¿Tendrán una especie de cerdo que tiene seis u ocho piernas en la parte de atrás? Todavía, como cubano que soy, me cuesta trabajo digerir estos números.

No hay escape, todavía lo estoy escribiendo y me parece mentira el número. Un millón de libras de carne por día. A veces deseaba que las rastras no llegaran o se rompieran las máquinas para coger esos minutos de los que tanto Richard nos había hablado, pero nada, las maquinas apenas paran y las rastras no dejan de llegar sin importar la nieve ni la lluvia.

Con el paso de los días nos acostumbramos al trabajo. Jonathan, lamentablemente tuvo que dejarlo como a los 15 días, porque un movimiento brusco tratando de cumplir con su responsabilidad de cargar jamones, le desgarró unos músculos en la pelvis. Lo llevamos al médico, por suerte no pasó de ahí, pero le indicaron que no podía seguir haciendo ese esfuerzo físico tan fuerte.  

Yo tuve que continuar solo. La salida de la casa era difícil, pues aunque estábamos en marzo, las mañanas seguían siendo muy frías, con nieve incluida. Extrañaba a Jonathan y su compañía para salir antes de que apareciera el Sol y para las conversaciones intimas a la hora de los recesos. Ahora sólo me quedaba el Ruso.

Poco a poco le fui cogiendo el ritmo a la cosa y sin llegar a ser obrero destacado, cumplí con mi trabajo. Un día cargaba jamones, otro empujaba árboles, un día el Ruso para tirarme un salve me ponía en la línea de producción después de los cuernos para sacar los jamones que no entraban para ser metidos en las fundas, lo que comparado con lo de cargar o empujar si era un verdadero jamón.

Además de hablar solo, parece que todos los que trabajan en fábricas lo hacen, no tuve otra afectación, al menos visible. Mi corazón, preocupación grande por el enorme esfuerzo físico que estaba haciendo, resistió.  Al final de cada día,  luego de la jornada laboral, lo único que deseaba era llegar a mi apartamento, tomarme uno, dos, tres cafecitos bien caliente y tirarme en el piso todo el tiempo que pudiera.

Farmland no acabó conmigo. Nunca antes había trabajado en un ambiente de fábrica, menos al ritmo de los Estados Unidos, donde las maquinas no se rompen mucho, las rastras no dejen de llegar a la hora indicada y los puercos parecen tener varias piernas traseras. A pesar del enorme esfuerzo físico que tuve que hacer, fue una novedosa experiencia, que nos permite valorar lo que hemos tenido y lo que podemos tener.

Fue mi primer trabajo aquí, fuerte tal como le toca a muchos emigrantes que acaban de llegar. Del Ruso haber sido congresista, de seguro nos hubiera resuelto un puesto en el Congreso. ¿A quién mejor que a nosotros? Pero Farmland es lo que tiene. Fue lo que nos prometió. Y eso nos tenía reservado tan pronto pusimos en pie en Lincoln.


Fue una novedosa experiencia, para una vez en la vida está bueno, pero para ser sincero, como no puedo entrar de casco rojo, no la quisiera volver a pasar nunca.

Farmland. The Nightmare. (primera parte)

Como nos había prometido el Ruso, “…, primero empezar a gatear para luego caminar….”, a los 10 días de vivir en Lincoln, Jonathan y yo, estábamos entrando a nuestro primer trabajo oficial en Estados Unidos.

El lugar, Farmland,  una planta de producción de jamón y otros derivados del cerdo, donde nuestro amigo el Ruso es Supervisor desde hace varios años y goza de una buena reputación y relaciones, lo que le permite resolver dos trabajos a la misma vez de la noche a la mañana.
Si fuera a terminar aquí mismo este escrito, sólo diría que el trabajo fue como el representado por Charles Chaplin en la película Tiempos Modernos, sólo que multiplicado por dos, tres o diez veces, pero como ésta experiencia fue muy novedosa para nosotros y quizás para muchos de ustedes, trataré de contar los detalles.  Desde ahora les advierto que ni el mejor escritor podría transmitirles exactamente lo que significa trabajar en una planta procesadora de carne. La experiencia hay que vivirla.

Después de pasar por el trance de salir de la casa a las 6.30 am,  en una mañana helada de Febrero, Jonathan y yo, animados, nos encontramos en un cálido salón de Farmland, junto a otras personas para comenzar nuestro periodo de orientación. Durante varios días nos tuvimos que meter conferencias sobre seguridad laboral, accidentes de trabajo, relaciones interpersonales, etc., al punto de aburrirnos. Aunque de hecho ya estábamos ganando dinero, deseábamos pasar a la acción, lo importante era comenzar a trabajar.

Recuerdo que una de las entrenadoras de origen vietnamita, al observar que el grupo se aburría, nos dijo que aprovecháramos  y disfrutáramos el momento, porque después lo íbamos a desear enormemente.  No entendí el por qué decía eso, me pareció un poco exagerado. Luego, ya trabajando, la sonrisa agradable de la vietnamita me vendría a la mente cada un segundo y medio.

El entrenamiento incluyó un tour por la fábrica. Se veía bien, todo el mundo vestido de blanco o azul, con cascos de diferentes colores, ocupados y sonriendo a nuestro paso, lo que además de organizado, me pareció lindo. Qué bueno pensé yo, nos dan la bienvenida y todo, esto es como en las películas, casi perfecto. Luego descubrí que nada de bienvenida, la sonrisa quería decir: los pobres, no saben lo que les espera. Quizás alguna sonrisa  más grande gritaba: vaya carne fresca, prepárense para lo que les viene para arriba. 

Llegó el momento de decidir y nosotros ingenuos, pero fieles, pedimos ir para la parte que dirige nuestro amigo, justamente donde se trabaja con la carne cruda, el trabajo no podría ser tan complicado y fuerte como no poder hacerlo. Entonces nuestra entrenadora, ahora de origen mexicano, también con una gran sonrisa, nos depositó muy cariñosamente en las manos del Ruso. Hoy cuando miró a ese momento, me parece que con sonrisa y todo, se paró detrás de nosotros y con el pie nos empujó al infierno.

Las plantas de producción son parecidas al ejército. Todo el mundo está vestido igual y la diferencia está en los grados que poseas.  En Farmland, la jerarquía está en el color del casco que tengas puesto. Existen cascos de todos los colores: azules, verdes, carmelitas, rojos, amarillos y blancos, cada uno de ellos con una función y poder bien definidos. En nuestro departamento la mayor graduación es la de los cascos rojos, superintendente y supervisores, que dan órdenes a los cascos amarillos, que son líderes o guías dentro de las líneas de producción, estos para no quedarse con el problema dan órdenes a los cascos blancos, o sea, en la escala jerárquica a los cascos blancos le da órdenes todo el mundo. Nosotros justamente éramos cascos blancos, así que ya pueden imaginar.

La fábrica trabaja a una temperatura estable entre 37º y 40º F, por lo que, a pesar de todo lo que tienes puesto arriba: botas de goma altas, bata de mangas largas, delantal de nylon, guantes de tela, más guantes de goma, espejuelos plásticos protectores, malla para el pelo y la boca y un casco plástico, además de tapones para los oídos, lo primero que uno siente cuando comienza a trabajar es frio. Luego a los pocos minutos de estar en movimiento comienzas a sudar, a veces copiosamente,  y lo que deseas es quitarte todo lo que tienes arriba, incluyendo la ropa que trajiste de tu casa. Por momentos descubres que has sudado tanto como si estuvieras en un gimnasio.

La definición del mi  trabajo era extremadamente sencilla, quizás la más sencilla que he tenido en toda mi vida laboral. En muy pocas palabras, estaba allí para colgar jamones y empujar árboles. Esas son las letras grandes del contrato, las que todo el mundo lee, pero lo que nunca leímos fueron las letricas chiquitas, es ahí donde está la verdadera historia.

Dentro de la planta se habla poco, a veces nada, por varias razones. Primero el ruido creado por las máquinas es enorme, esto hace que lo poco que se dice por la boca, sea gritado, no hay otra manera de hacerlo, lo que a veces da la impresión de que la gente está peleando, o te están regañando. Segundo la planta está llena de personas de diferentes países y por tanto diferentes idiomas, americanos, vietnamitas, tailandeses, africanos, mexicanos, hondureños, peruanos, cubanos, etc., a veces con poco o ningún dominio del idioma inglés, por lo que lo primero que se aprende es el idioma de los gestos. El pulgar hacia arriba, todo está bien; el mismo pulgar hacia abajo, estoy jodido; las dos manos cerradas frente al pecho en movimiento de afuera hacia dentro, receso; la mano abierta pasada por el cuello como un cuchillo, esto se rompió, no sirve, está fuera; las dos manos juntas frente a la pelvis con un ligero movimiento del cuerpo hacia delante, necesito ir al baño, el dedo índice, quiere decir tú, el dedo índice en movimiento quiere decir tú vete para allá o para acá, etc.

En realidad estas fábricas bien pudieran ser representativas de las Naciones Unidas. Existen dos tipos de personal bien diferenciado. El personal de oficina, siempre sonriendo y el personal de producción, donde la risa escasea. En la producción es donde se encuentra la mayor diversidad de nacionalidades, por lo que es divertido, un día trabajas al lado de un americano y otro te puede tocar acompañando a un vietnamita. La mayor parte de las veces no nos entendemos por las palabras, pero a los pocos días de trabajar juntos sientes que los conoces desde toda la vida. La frase aquella de que “subir picos, hermana hombres”, es verdad.

Nuestra área está dividida en dos líneas, la norte y la sur, una más difícil que la otra por la forma en que la máquina pone la funda  a los jamones. Nuestro primer intento fue en la línea norte, yo abajo cogiendo los jamones recién salidos de los cuernos y Jonathan arriba. Yo al lado de un vietnamita, Tian, de esos que pesan menos de 150 libras y no pasan de 5 pies de altura y Jonathan al lado de un americano, Scott, que ni lo miró cuando se paró al lado de él y que a los pocos segundos mi hijo detectó que hablaba animadamente solo.

Podría parecer que Scott está loco, pero con el paso de los días también me encontré hablando solo y muchas veces también de forma animada. Hablar sólo permite darse ánimos, resolver todos los problemas de la vida, hablarle a las piernas de cerdo para que colaboren, y sobre todo decirse, no puede ser que esto me esté pasando.

La estrategia de ponerte al lado de un trabajador habitual es parte del entrenamiento, partiendo de la idea de  “cortando huevos, se aprende a capar”  No obstante, no se veía difícil. La tarea era bien sencilla, coger el jamón que viene encima de la estera y colgarlo en una estructura de hierro a la que se llama árbol. Recuerdo que en esos primeros momentos, yo desde mi posición miraba a Jonathan y con señas le preguntaba cómo estaba y él desde su posición, sonriendo, me levantaba el dedo pulgar para decirme que estaba todo bien. Yo papá orgulloso. No todos los padres tenemos la posibilidad de compartir trabajos con nuestros hijos, por lo que para mí especialmente todo el proceso era muy solemne.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Rapiditas de República Dominicana

Como me he convertido en un escritor famoso, JAJAJAJAJA, ya tengo colaboradores que me envían información para mi hobbie. No los menciono porque podría costarle la vida. Trabajar en localidades de "alto riesgo" siempre puede resultar peligroso. JAJAJAJA.


Les dejo con estas fotos tomadas de la vida cotidiana de República Dominicana, país querido. La primera lectura es divertida, luego es muy triste. Los errores, salvo que sean a propósito para llamar la atención, cosa que no creo, pues sería entonces una locura  o un sabotaje según las autoridades cubanas, no son errores de una sola persona, inevitablemente relacionan a muchas personas a la misma vez, y es ahí la mayor pena.

Con mucho cariño para Lissette, Furcal e Isabel.

¿Ricky Martin, actor italiano?
Sólo faltó poner Ricky Martin, heterosexual, actor italiano. 

























¿Cuál es el nombre de este establecimiento?
¿Tendrá que ver con la combinación clásica de un pan con jamón y queso?































¿Para quién son estos productos? 
¿Saint Giving será algún nuevo Santo?



martes, 26 de noviembre de 2013

Otoño e Invierno en Lincoln


La naturaleza fue lo primero que Dios se inventó para marcar o medir el tiempo, mucho antes de que su gran creación, el hombre, se inventara los calendarios y los relojes. Entonces el Sol, la Luna y las estaciones del año, sirvieron para indicar que el tiempo pasa, o en realidad que nosotros, los grandes creados, pasamos.


Los cubanos, en sentido general, sabemos poco de estaciones, Cuba como dice el refrán popular, es un eterno verano. Así que más allá de un poquito de fresco a fin de año, reconocemos e incluso nos orgullecemos de que vivimos en un clima caliente siempre, por lo que de primavera y otoño, nada.

Lincoln, donde vivo ahora, es muy diferente, el invento de Dios se mantiene casi intacto, por lo que tenemos cuatro estaciones bien definidas. Desde que llegué aquí me anunciaron que el otoño era muy lindo. Las hojas de los arboles cambian su color verde intenso por un fuerte amarillo o rojo y luego con el paso de los días se caen todas y las ramas de los árboles quedan absolutamente peladas. El Ruso siempre me dice que los americanos de aquí definen el momento con la tierna idea de que los árboles se van a dormir. Demasiado dulce la idea para definir lo que nos viene para arriba.

En efecto, hemos podido observar y vivir por primera vez, el paso del verano caliente, quizás tan caliente como el cubano, al otoño y dentro del otoño, día a día, hemos visto las diferencias que van creando las condiciones para la llegada del "famoso" invierno.

Lo primero que ocurre es que la temperatura baja día por día, a veces drásticamente, otras de manera menos acelerada, pero baja. Hemos tenido días de 32° F., lo que para nosotros significa 0° C., incluso madrugadas un poquito más frías. Los carros comienzan a amanecer con los cristales llenos de escarcha y el césped en las primeras horas de algunas mañanas aparece vestido de novia, como las botellas de cerveza en muchos lugares de República Dominicana. De novia fría obviamente.

Lo de la caída de las hojas es lindo, sobre todo porque no tenemos que recogerlas, de tener que hacerlo, lo de lindo se convertiría en un infierno. La caída de las hojas ocurre en muy pocos días. Miles, millones de ellas en todas partes de la ciudad, movidas de un lugar a otro por el viento que cambia constantemente de dirección e intensidad.

Los árboles que hasta hace muy pocos eran muy verdes y frondosos, ahora están totalmente pelados, primando en ellos el color carmelita. Solo quedan intactos los pinos. Fuertes y verdes aguantan heroicamente despiertos. Quizás es por eso que es el árbol de la navidad. No porque sea lindo, no porque sea único, sino sencillamente porque no hay más nada. No se van a dormir nunca.

La naturaleza y sus cambios. El jueves pasado, o sea, 21 de noviembre, brincamos de un lindo otoño con calles cubiertas de hojas que se mueven constantemente como si bailaran, al invierno, con la primera nevada de la temporada.

Hacía 5 años que no nevaba en noviembre, pero como estamos aquí y necesitamos aprender, Dios nos mandó la nieve bien tempranito. La temperatura bajó bruscamente a  - 7° C., y todo se pintó de blanco. No fue mucha la nieve, sólo dos pulgadas, pero les aseguro que estaba muy fría.

Ese mismo día, porque todo viene junto, presenciamos el primer choque de la temporada invernal. Las personas no cambian tan rápido sus costumbres y la calle congelada no entiende de frenos, ni neumáticos buenos. Interesante porque la joven que dio por detrás, delante del policía se bajó de su jeepeta, echó a correr gritando Papa, Papa, se metió entre nuestro edificio y el de al lado y no volvió a aparecer. Dejó su carro tirado en el medio de la calle, que después de una hora de espera tuvo que ser movido por una grúa. ¿Loca?, ¿Drogas o alcohol?, ¿No documentos?, ¿Nervios? Nunca lo sabremos. De haber sido en el eterno verano cubano, la mitad de la población del barrio hubiera salido a averiguar, culpar o solidarizarse, mientras que la otra mitad enérgicamente le caía atrás a la muchacha. La culpa la tendría entonces el calor.


Esto empieza ahora. Esta nevada estuvo fuera de plan, pero se avecina diciembre y enero y entonces la cosa si se pondrá buena. De momento adiós al calor, adiós a los múltiples colores de la primavera, incluso adiós a la fantástica vista de la caída de las hojas y sus bailes sobre las calles y aceras. Es una pena que no podamos irnos a dormir por unos cuantos meses, tal como hacen los árboles en Lincoln.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Mia Isabella. Primer año.

Mi nieta Mía Isabella en su primer cumpleaños.
 Se cayó el dinero.
No tengo que decir mucho, es innegable el parecido que tiene conmigo.













domingo, 3 de noviembre de 2013

Lincoln in.

No voy a decirles que Lincoln es la ciudad  más linda de los Estados Unidos, no diré mentiras, sin embargo, después de vivir en ella unos cuantos meses, puedo asegurar que tiene características y cosas que me gustan.


El Estado de Nebraska está situado justo en el medio del país, lo que hace que la naturaleza ofrezca a los que aquí viven 4 estaciones bien diferenciadas, cosa que en Cuba solo vimos en los libros de geografía, entonces, en verano hace un calor horrible, por encima de los 38 grados centígrados, en otoño los árboles mudan todas sus hojas y las depositan en la calle, en invierno caen varios pies de nieve y todo se congela y en primavera la ciudad se llena de un verde muy intenso en los árboles y césped y de muchas flores que aportan una infinidad de colores.


Lincoln es la capital de este Estado que tanto he nombrado, lo que le da cierta importancia como lugar, más allá de opiniones personales. Es una ciudad relativamente pequeña y organizada, por lo que nos ha sido fácil conocerla y vivirla. 

Su estructura basada en una cuadrícula cartesiana, es como la de una parte de La Habana, donde, a partir del cruce de dos ejes perpendicularmente, se edificó en cuatro zonas bien diferenciadas, o sea,  norte, sur, este y oeste, con calles paralelas en todos los sentidos. Mayor parecido aún, pues las calles se nombran con números y las que las cruzan con letras, permitiendo una rápida localización y/o ubicación. En sentido general resulta fácil llegar a cualquier lugar.

Salvando las grandes diferencias obvias, a mí se me parece mucho al Víbora Park de mi infancia, sobretodo, por las casas con jardines sin cercas, donde el césped no se interrumpe de una esquina a otra y todos los espacios están llenos de flores. Además frente a las casas, en los parterres, espacio que está entre las aceras y las calles, existen enormes árboles que embellecen, dan sombra y fresco, tal como en mi reparto cuando yo era pequeño. Recuerdo que una de las primeras labores de cada día de las amas de casa, incluyendo a mi abuela Mama Yuya, era barrer los jardines, las aceras e incluso parte de las calles, momento aprovechado para saludar, conversar y quizás chismear un poquito con la fresca de la mañana.

Hablo del Víbora Park de mi infancia, porque el de ahora se parece más a la cárcel “Combinado del Este”. En todas las casas, quizás como un intento de protección o diferenciación, se han levantado cercas y muros en los frentes y costados. Con gusto o no, con recursos o casi sin ellos, lo cierto es que hoy son pocas las casas que no  tienen una de esas estructuras de hierro o cemento, o ambos inclusive. Las cercas, las cabillas, los hierros y los muros de cemento se han ido convirtiendo en algo normal y necesario. Ni hablar de los árboles que daban sombra y fresco, casi todos se han ido cayendo o han sido tumbados por los vecinos, por lo que la vista general es bastante triste para los que allí crecimos. Sin mencionar la “humanitaria” idea de sembrar o meter en cada esquina un edificio de microbrigada, que nada tienen que ver con la estructura con que se concibió el reparto.


Lincoln es un lugar lleno de parques. Como existe tanto espacio, no se camina mucho para encontrar un parque y otro y otro. Los de aquí aman la primavera, el verano y la naturaleza y tan pronto sale el primer rayo de Sol que calienta un poquito, todo el mundo va a la calle a caminar, correr, pasear, montar bicicletas, etc., período además aprovechado para despojarse de la mayor cantidad de ropa posible, por lo que es común ver a las personas en short, camisetas, sin camisa e incluso sin zapatos caminando por las calles, aceras y parques. Lo que a mí me gusta enormemente, pues tiene que ver mucho con mi estilo de vida. En sentido general la población es bastante sencilla, según nos han contado, puedes tener al lado tuyo a una persona de mucho dinero y nunca te enteras si no ves sus tarjetas de crédito, porque está tomándose un cafecito, sin guardaespaldas, con un jeans y una camisita o pullover de mangas cortas.

Es una ciudad tranquila. Es común ver a personas solas, incluyendo mujeres de todas las edades, que salen a caminar o pasear sus perros después de la media noche, no importa si hace calor o está nevando, sin escoltas, sin armas, evidentemente sin miedo. ¿Armas? Esa imagen, por suerte, parece que la dejamos en República Dominicana. Las personas generalmente paran sus carros para darle el paso a alguien que viene a pie o para permitir que otro carro salga o se incorpore. Martica y yo un día mientras caminábamos, nos cruzamos con la esposa del Gobernador del Estado de Nebraska, que estaba paseando a sus perritos por la acera frente a su casa y para nuestro asombro la señora no solo nos saludó muy agradablemente, sino que nos hizo un chiste relacionado con los perritos que nos habían caído atrás. ¿La esposa del Gobernador? Pues sí, la mismísima esposa del tipo.

Según los que aquí viven, Lincoln es considerada una ciudad alegre, dicen que una de las más alegres de la Unión. No sé de dónde sale esto, pero lo cierto es que las personas sonríen siempre, saludan en la calle aunque no te conozcan, incluso de un carro a otro. Todo el mundo te da las gracias por entrar a su establecimiento, negocio o sencillamente puesto de trabajo y todo el mundo te despide con una enorme sonrisa y el deseo de que tengas un buen día, desde el gran supermercado hasta la pequeña tienda de una gasolinera. Es un lugar de muchos jóvenes, sobretodo de muchas muchachas, porque radica aquí la Universidad Central del Estado de Nebraska, lo que garantiza la alegría, el movimiento, un poco de desorden “sano” y también la buena vista.

Lincoln posee un down town o centro precioso para mi gusto, es casi encantador, pues casi todas las construcciones, bares, oficinas, hoteles, tiendas, etc., son de ladrillos a vista de un rojo muy intenso, lo que le da cierto aire de antigüedad y autenticidad. Muchas casas, también de ladrillos o piedras, poseen esos lindos techos a dos aguas y balcones, que a mí me recuerdan la maravillosa casa que está en 5ta Avenida a mano derecha cuando uno sale del túnel de Malecón, que durante muchos años estuvo destruyéndose y que creo que antes de irme la comenzaban a restaurar. Entre árboles, casas de ladrillos con jardines y techos a dos aguas, grandes parques, anchas calles, etc., a mí me da la sensación de estar dentro de una película, americana por supuesto.

No es un lugar caro. Tengo la referencia de dos lugares más en los Estados Unidos. Uno es Miami, Florida y el otro es San Antonio, Texas, y de seguro la vida en Lincoln en cuanto a gastos necesarios, o sea, casa, electricidad, gas, agua, etc., es más barata. Digamos, un cuarto nada grande con un baño en una zona de Miami donde no te maten, cuesta hoy no menos de 600 dólares; un apartamento de un cuarto en un buen residencial en San Antonio cuesta más de 700 dólares. Nosotros en Lincoln por un buen apartamento de dos habitaciones, sala, comedor, cocina y un baño, todo grande, y en una muy buena zona,  en la intercepción de dos calles principales, pagamos 495 dólares mensualmente, lo que incluye además toda el agua que queramos gastar y el servicio de recogida de basura. Acabo de hablar con Ana Vilma hace unas horas y hablando de lo que estábamos viviendo, le comenté que hoy en la mañana acababa de pagar 10 dólares por cogerle un ponche a una goma, lo que me pareció una suma un poco elevada y ella sonriendo me contó que la semana pasada en su cercana Hialeah había pagado 15 dólares sin impuestos por la misma operación.

Lincoln es una ciudad americana, por lo que se habla inglés todo el tiempo y en todos los lugares. Existen emigrantes como en todos los lugares de la Unión: mexicanos,  algunos europeos, vietnamitas, tailandeses, africanos, y por supuesto, cubanos, pero como grupo ninguno tiene gran fuerza, por lo que aquello de imponer un idioma está bien lejos de suceder. Todos los que aquí viven, si quieren insertarse en la sociedad, tienen que meterle al inglés inevitablemente. Algunos mejor, otros peor, pero inglés,  por lo que la idea de medio inglés y medio español a la misma vez, que a veces se descubre en Miami, aquí no existe.

De hospitales para qué hablar, ya hice el cuento de mi operación de corazón, sencillamente hoteles 5 estrella plus. Última tecnología, atención inmejorable. Tiendas y negocios para comer y tomar, no alcanzaría una vida para visitarlos todos

En resumen, de tener vida y seguir la vida como va, es muy difícil que por el momento me mueva de este lugar, porque sencillamente me gusta, me muevo bien dentro de él, es un sitio lindo y sobretodo muy tranquilo. Estaré aquí porque tal como dice la letra de una de las canciones de la genial película cubana Habana Blues,
en un alma peregrina
no existe ciudadanía
la bandera es un dilema, la patria y la geografía
donde quiera que me encuentre
yo siento que es tierra mía.




miércoles, 30 de octubre de 2013

“En la calle no se van a quedar. Bajo ningún concepto”


Si observan con detenimiento la foto tomada por mí en Febrero del 2013, es fácil concluir que ya no estamos en Miami, tampoco en República Dominicana y no regresamos a Cuba. En Miami no nieva y en Dominicana y Cuba no hay ardillas en la calle.

¿Dónde estamos entonces? Pues estamos en Lincoln, capital del estado de Nebraska, justo en el medio de los Estados Unidos.
¿Por qué? El cuento puede ser largo y complicado o corto y sencillo, depende desde la posición y ángulo que se cuente y escuche.

Lo cierto es que nuestro paso por Miami terminó antes de lo que nosotros mismos habíamos planificado y por qué no, deseado. La familia y amigos que allí todavía tenemos no pudieron hacer por nosotros más de lo que hicieron, nosotros: Martica, Jonathan y yo, a pesar de nuestra formación, cultura, inteligencia y deseos, estábamos como ciegos sin saber para dónde coger, dónde tocar, en fin cómo resolver nuestra permanencia en la ciudad que hoy constituye como dice un comediante americano, el sur de los Estados Unidos y el Norte de Cuba.  El tiempo pasaba rápido y su ligereza aumentaba la presión sobre nosotros.

La idea era clara como la mejor agua, teníamos que resolver trabajos para poder “independizarnos”. En realidad a eso vinimos a Estados Unidos a trabajar y ser independientes, pero no solo esta frase resuelve o define esta situación.

Últimos capítulos de la temporada. Reuniones con familiares y amigos. Todos con muchos años de vida en Miami, todos deseosos de ayudar, todos con ideas fantásticas, pero en realidad no podíamos permanecer mucho tiempo más donde estábamos y la única posibilidad era conseguir urgentemente como mínimo dos trabajos que nos permitieran alquilar un cuarto donde pudiéramos estar los tres, cosa casi imposible pues somos muy grandes o un pequeño apartamento muy barato pues los salarios de los trabajos que podíamos conseguir no darían para mucho más.

Miami es una ciudad cara, los que allí viven dicen que es porque hay que pagar el sol y las playas ¿??????????. Lo cierto es que no teníamos esos trabajos. Según algunos no los buscamos lo suficiente, según otros no podíamos encontrarlos porque no sabíamos dónde y cómo buscar,  además esta ciudad hoy está superpoblada, por lo que aquello de conseguir un trabajo bien pagado acabado de llegar es difícil o a menos se nos hizo difícil en el tiempo que allí paramos.

 Tuvimos más reuniones con familiares y amigos, el tiempo llegaba a su fin, teníamos casi con urgencia que resolver y movernos, la oscuridad se hizo más densa, tan densa que llegamos a no poder ver nada, nos molestaba en los ojos, se fue volviendo casi insoportable, pero ….,  como el que tiene amigos tiene un central, un buen día, no recuerdo con exactitud la fecha, ni tan siquiera las circunstancias, apareció de pronto la luz.


Mi amigo el Ruso, en una de nuestras conversaciones por teléfono nos dijo esa frase que sirve de título a este artículo, frase que hoy ha devenido en toda una célebre filosofía de vida y que a cada rato cuando recordamos, nos repetimos alegremente entre nosotros mismos. Dicha idea, le dio un nuevo enfoque a nuestras vidas.  Nos hizo entender que Estados Unidos no es Miami solamente y que quizás podíamos cambiar el sol y las playas, por las ardillas y la nieve, nos hizo entender que existen soluciones al final del túnel oscuro, que  aquello de que “siempre que llueve, escampa” y que “Dios aprieta, pero no ahoga”, es cierto.

Tuvimos entonces tres diferentes propuestas alrededor de este asunto. Podíamos ir para Oakland en Iowa, pequeño pueblo donde vive Richard el hermano del Ruso, para Omaha en Nebraska, donde vive Mayincito, amigo de nuestra infancia y adolescencia o para Lincoln con el Ruso, en cualquiera de las tres variantes tendríamos seguro casa, comida, carro y lo más preciado: trabajo bien pagado, además de amigos que siempre nos han querido y que estaban dispuestos a ayudarnos.

Jonathan no lo pensó dos veces y dijo: “yo me voy ya y luego van ustedes”. Asistido por el impulso de su juventud, a partir de ese momento solo pensaba en viajar. Para Martica y para mí, la posibilidad era esa, pero la idea de que Jonathan se moviera solo, no nos gustaba del todo.

Muchas fueron las conversaciones telefónicas y las reuniones entre los tres, la realidad de tener que abandonar Miami se volvió una convicción. Al final, como una manada, decidimos. El lugar escogido fue Lincoln y nos mudaríamos los tres a la misma vez. El riesgo era grande, pues Lincoln es una ciudad americana, a diferencia de Miami se habla inglés todo el tiempo y en el invierno fuerte con nieve dura cuatro o cinco meses.

Era un riesgo, no una locura. Teníamos la garantía enorme de ser recibidos, acomodados y ayudados para que luego de gatear, pudiésemos caminar, cosa que, salvo los seres humanos muy aventajados, todos necesitamos.

“En la calle no se van a quedar. Bajo ningún concepto”, organizó nuestras vidas y venció al disgusto que se comenzaba a imponer. Luego de algunos trámites y 45 horas de viaje en guagua, llegamos a la estación de Lincoln en la mañana del 2 de febrero del 2013, donde nos esperaban Richard y Mayincito, más la nieve y el hielo e imagino que alguna que otra ardilla que aunque no pudimos ver, siempre están.

De ahí nos dirigimos a la casa del Ruso, ese día él estaba trabajando, pero había dejado todo cuadrado con su mujer Mayelin y su pequeño hijo Raulito para nuestra llegada. Lugar donde podríamos vivir sin apuros, gateando, hasta que pudiéramos mudarnos solos y comenzar poco a poco, paso a paso, a caminar.