domingo, 2 de julio de 2023

512.- The Bullock Texas State History Museum.

Desde hace algunos meses estoy adscrito a mí grupo de los estudiantes de historia que nos graduamos en 1986, gracias a una idea linda de una linda amiga que nos fue buscando e invitando y que luego se convirtió en que uno trajo a otro y el otro trajo a otro. Hoy somos muchos.


Durante todos aquellos años de estudiantes, como todo gran grupo hubo más inteligentes y menos inteligentes, más mueleros y menos mueleros, más enamorados y menos enamorados, chicas lindas y chicas feas, más combativos y menos combativos, etc., pero si algo puedo recordar con mucho agrado es que nos queríamos o al menos una parte grande nos queríamos.

Asistíamos a la universidad para estudiar, graduarnos, cumplir el sueño de ser profesionales, quizás cumplir el compromiso o la exigencia de nuestros padres, pero teníamos priorizado lo de divertirnos y pasarla bien. Eran tiempos donde el llamado hoy “bulling”, no se había instaurado como categoría en la escuela de psicología cubana, por lo que constantemente nos burlábamos de nosotros mismos y por supuesto de nuestros profesores. El “cuero” era parte de nuestra realidad.

Puedo recordar el nombre y muchos de los apellidos de aquel grupo, puedo recordar el nombrete, apodo o sobrenombre de los profesores. Puedo recordar muchas de las anécdotas, historias y chistes, que son muchos, de los que pasamos juntos en todos aquellos 5 años de estudios.

Fueron tiempos muy felices, a pesar de los problemas que siempre existieron, los problemas también formaban parte de nuestras vidas. Recuerdo lo difícil que resultaba, a veces, tener 5 pesos en el bolsillo, pero también recuerdo todo lo que se resolvía cuando se tenían. A muchos de mis compañeros los dejé de ver después de terminar los estudios, algunos regresaron a sus provincias y pueblos de origen, otros buscaron nuevos rumbos fuera de la especialidad que habíamos estudiado, la realidad aprieta más allá de lo espiritual, pero con otros tuve la oportunidad de coincidir en el mundo laboral, por lo que la amistad de estudiantes se consolidó ya siendo profesionales. Eran tiempos, más que de amistad, de una hermandad donde casi se llegaba a ser familia.

De ahí que volver a ese grupo, ahora a través de la internet y la pantalla de una PC es muy rico, es disfrutable, es como volver a aquellos años donde fuimos jóvenes y volver a reírnos tal como lo hacíamos en el parque frente a la facultad, dentro del aula cuando alguien se equivocaba o decía un disparate, cuando un profesor no sabía qué decía o cuando nos fugábamos para irnos a la playa, a Coppelia o a la Casa de la FEU. Nos prestábamos libros, música, nos fajábamos, claro que nos fajábamos, pero nos abrazábamos, nos reíamos, nos ayudábamos.

Gracias a ese grupo recordé que ayer se celebró el Día del Historiador en Cuba, reconozco que no recordaba que esa especialidad tuviera un día para celebrar y gracias a ese día nos felicitamos, quizás, para muchos como muestra de un recuerdo o nostalgia de lo que hicimos y nos gustó tanto. Muchos de mis compañeros aún están trabajando en Cuba como historiadores, lo que significa, visto desde aquí por mí, un gran mérito. La profesión de historiador no ha sido de las más privilegiadas en estos últimos años. Yo, de allá para acá, he cambiado muchas veces, he estudiado muchas otras áreas y he trabajado en lugares y labores en las que nunca, ni en sueños y pesadillas, pensé trabajar.

Si embargo soy un historiador, no porque me dedique al estudio de la historia como profesional, esos tiempos ya han quedado lejos, sino porque disfruto enormemente el pasado, mientras más lejano más lo disfruto y descubro que ese disfrute por la historia no es muy común hoy.

Sigo prefiriendo un museo a una tienda o supermercado. Sigo prefiriendo una vieja iglesia o casa a un restaurante. Muero frente a piedras viejas, muebles de madera hechos a manos, vitrales o hierros que adornan las paredes. Sigo prefiriendo caminar y caminar entre fortalezas militares y ruinas antiguas.

Mantengo la capacidad de ver imágenes sin estar loco, creo que podría haber sido cineasta, entonces dentro de todo eso viejo, piedras, calles, edificaciones civiles, religiosas y militares, salones, etc., puedo ver la vida, veo a las personas caminando, puedo ver las guerras, la pólvora, los caballos. Puedo imaginar el ambiente de una época,

Sigo siendo un cazador de museos. Recuerdo y a veces, ya menos, pero a veces me duele el museo que creí que fue mío, en el que dejé años y un enorme esfuerzo. En el que aprendí mucho y enseñé algo.

Entonces no sé mucho de restaurantes, aunque no dejó de asistir a ellos, vivo en un restaurante y tengo mi propia chef personal, pero si soy un entusiasta consumidor de museos. Donde quiera que he estado, a veces teniendo que “presionar” a los míos para que me acompañen, no me gusta la soledad, sigo siendo, como dice mi hijo, un tipo de tumultos, no dejo de buscarlos y visitarlos.

Ahora recién he recibido a mi madre, ella vino desde Cuba y entre mis misiones sagradas de hijo, está mostrarle, más allá de los libros y noticias, el real Estados Unidos, quizás es una especie de venganza secreta que ni ella puede identificar. Esa que dice, como ves no estaba equivocado, como puedes ver no existe ese monstruo de siete cabezas. Nada va a desaparecer mañana en la mañana.

Y de esa dulce venganza, aparece la necesidad de revisar la historia, que no ha sido para nada una panacea, pero que tampoco es un infierno.

Mi última visita hace tres días, sin saber yo lo del Dia del Historiador en Cuba, fue al Museo de Historia de Texas, en Austin, la capital del estado.

Impresionante o mejor, una perfecta muestra de la materia museología, diseño, piezas, muestras, que ofrece una combinación magistral de una poderosa construcción, hecha para impactar al visitante con solo pararse frente a ella, con la mejor y más moderna tecnología.

El museo, como su nombre dice, está dedicado a la historia de Texas. Si se conoce un poquito a los texanos y su historia, lo que crea una psicología y modo de vida, entonces es fácil concluir que se está no frente a su historia, sino a la historia. JAJAJA. Texas es así de orgullosa.

El recorrido entonces va desde los resultados de las excavaciones arqueológicas en el territorio, pasando por la historia inevitable de los nativos americanos, representación justa de lo que existió, incluyendo a los más que venerados búfalos, la construcción del “oeste”, cowboys y ganado incluidos, el desarrollo económico, político y cultural de esta parte del país, hasta llegar al Texas de hoy, donde no puede faltar un lugar para las barbacoas de carne, según especialistas, las mejores de todo el país.

Cuando te paras frente al edificio, ya descubres que estás frente a algo diferente. Cuando pasas la puerta de entrada, aseguras que estás frente a algo diferente. Cada detalle, no importa si es la muestra, un baño, un elevador, una luz, una música, un audio en Off, una gigante pantalla, está, su existencia calculada, hasta el último detalle, para dar un excepcional servicio.

Lograr ver este museo completo, pieza por pieza, letrero por letrero y más, tratar de conservar la información, llevaría muchos días. Son lugares a los que hay que volver y volver. No se puede recorrer esta gigantesca edificación de cuatro pisos y ver toda su muestra en pocas horas.

No obstante, para esta ocasión, mi madre con casi 80 años y yo, ella historiadora de profesión también, tratamos de correr y mirar rápido, porque sabemos que no podemos ir al museo todos los días, vivimos en San Antonio y Austin, donde está el museo, nos queda como mínimo a hora y media de camino. 

Junto a la museología, a veces trato de que ella mire a donde yo quiero, un piso impactantemente limpio, brillante, a un bebedero de agua fría filtrada, a un pasamano de una escalera reluciente, a un baño como los de los llamados hoteles 5 estrellas, a un bombillo que cambia de colores, a una pantalla de 10 metros de largo, etc., porque el Diablo está en los detalles. Para que vea a una parte del pueblo norteamericano, muchísimos niños con sus papas que viven felices y felices visitan los museos. Nada de violencia, nada de tráfico humano, nada de drogas, sencillamente pueblo que sonríe.

Museo con salones de videos interactivos, juegos inteligentes sobre historia, teatro, tienda y cafetería. Todo de lujo. Espacios para actividades culturales con la comunidad. Investigación, conferencias, muestras itinerantes. Trabajo con las escuelas de niños y adolescentes. Diseño no sólo del museo, sino de las personas que allí trabajan, cuya primera misión es hacer que la pases bien.

El museo no es gratis, no podría serlo, gratis está quedando sólo el Sol, un poco de aire a veces contaminado, la lluvia y algunas playas, lo otro, todo lo otro, alguien lo produce o paga, aunque no se le cobre al consumidor, pero su precio es menor que el de una pizza, un bistec, unos zapatos o un implante de silicona, por lo que las personas lo pagan con gusto. Además, existen varias variantes para pagar, si eres veterano de guerra, tienes un precio, si eres niño tienes otro. Yo pagué por mí sin descuento, pero mi madre, que recién acaba de llegar, que no trabaja, ni nunca ha trabajado, que no ha aportado nada aún a la Unión, por su edad, sólo por su edad, paga menos que yo. El Diablo está en los detalles.

Fue una visita agradable, poco dinero para lo que se obtiene, teniendo en cuenta que se prefiere un museo antes de una tienda de ropa exclusiva. Quizás vuelva, no lo sé, a lo mejor cuando me llegue el próximo visitante.


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